sábado, 1 de julio de 2017

COLOREADOS

    Sobre la tierra fértil que nutre las orillas del Manzanares, antaño labradas, se aguanta la altura rasa de algunos edificios de la capital. Las fachadas, vestidas con las ropas tendidas de sus inquilinos, se agitan sumidas en una coreografía impredecible.

    ―El ajo puedes echarlo ya.
    El aceite recibe al ajo picado con amabilidad, aún no está caliente.
    ―Cuando lo eches, abre la ventana, hoy hace un buen día.
    Su hija hace caso sin apartar la vista del ajo, teme que aquello entre en combustión espontánea. Abre las ventanas y una brisa cálida y abotargada inunda la cocina anunciando el verano. Fuera, sus sábanas recién colgadas, esconden a la vista los pinos, fresnos y sabinas de la casa de campo. Las sábanas se agitan nerviosas y aquello le recuerda algo a Daniela:
    ―Mamá, ayer pasamos por el centro y ya están empezando a poner una de esas banderas arcoíris que tenemos, pero… es que no sé que significan ―admite con un hilo de voz.
    ―El ajo ya está dorado, puedes sacarlo con cuidado y echar la calabaza: Termino con ella enseguida.
    De fondo, el chop-chop de su madre picando calabaza, suena rítmico y acompasado. Daniela arroja el fruto a la sartén de lado, con un ojo guiñado, y tan alejada del fuego como le permiten sus brazos: Los primeros taquitos sisean al entrar en contacto con el aceite, después el naranja inunda el fondo de la sartén y ofrece una tregua a la niñita.
    ―Ahora una pizca de sal…y el ingrediente secreto, que lo echaremos después, cuando la calabaza tome otra textura.
    ―La bandera mamá, no me has dicho nada ―dice esgrimiendo un impaciente soniquete.
    ―Pon la tapadera y baja el fuego, te lo contaré rápidamente, mientras se hace la calabaza.
    Su hija hace caso y pronto se sientan a la mesa.
    ―Mira Daniela, cuando algunas personas se enteraron de que tu madre y yo estábamos enamoradas, no lo aceptaron. La mayoría ya lo sabían o fueron comprensivos, pero algunos nos criticaron y se burlaron de nosotras; nos avergonzaron hasta sacarnos los colores.
    ―Sí, pero, ¿qué pasa con la bandera?
    ―Pasa que ahora somos nosotras quienes sacamos nuestros colores y los hacemos ondear con orgullo, en lugar de con vergüenza. Por eso existe la bandera arcoíris y por eso es una fiesta poder colgarla cada año.
    Daniela asiente, imagina por un segundo a la gente llena de colores y de matices, coloreando el mundo con cada uno de sus gestos. Se pierde en la escena hasta que el silbido de la sartén le hace volver en sí.
    ―¡El azúcar, mamá!

    Fuera el viento del oeste atraviesa los árboles de la casa de campo y hace que sus conejos alcen sus orejas siempre alertas. Las golondrinas más tardías del año surcan sus brisas con agilidad, y en la llanura de la capital el viento inunda sus calles, plazas y avenidas, haciendo ondear arcoíris cargados de orgullo y de colores.