domingo, 29 de octubre de 2023

CIUDAD

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas

Federico García Lorca


La ciudad no conoce el nombre de la gente que la habita.
La ciudad no perdona a sus enemigos.
No tiende puentes,
ni arropa con sombras de piedra.

No sabía el nombre de Rodrigo
ni de Francisco cuando llegaron.

Rodrigo no se mueve como ellos se mueven.
Tiene una conversación de trigo y vendimia.
Camina con el dolor de una generación
que sólo sonreía con la lluvia.

Moquean los hombres de ciudad
no entienden el mundo en el que habitan
compran cosméticos y vitaminas.
Rezad por ellos,
por los hombres de ciudad,
pues no saben dónde van, pero caminan.

Rodrigo confundido llama a casa
busca risas de melocotón
que ayuden a lidiar con las nubes de asfalto.
Encuentra voces de cortijo,
preguntas de velatorio,
consejos de abrigo y altar,
silencios con bata y enagüillas
y al final,
soledad.

Rodrigo
morirá en un bajo sin simiente en los bolsillos
sin fuego ni olor a sarmientos.
Habiendo luchado, sin haberse conocido.

La ciudad no conoce a los que mueren
es teatro de vivos, bochorno, circo y secretos.

Francisco
puede moverse como ellos se mueven
escribe versos donde caben largas avenidas,
sus poemas son ancianos que saludan desde lejos.

Francisco
recinto de sentimientos presos,
opaco destino de delirios
de grandeza,
cultivo de ideales,
ciudad de ciudades,
juramento y esperpento.

Francisco halagado llama a casa
busca aplausos de acero, reverendos de espino.
Encuentra rapaces atentos
fusilamientos de aspavientos
risas de melocotón.

Francisco
morirá en el centro con los bolsillos llenos,
sin colores ni poemas.
Habiendo escrito todo lo que ya se ha dicho.

Se agitan temblorosos los hombres de ciudad
cuando alguien los mira.
Compran tormentas de verano, después, auxilio.
Pedid por ellos,
por los hombres de ciudad,
pues no saben dónde van, pero caminan.

La ciudad no conoce a los que mata.
La ciudad no pare, es estéril mausoleo de sueños rotos.

viernes, 19 de noviembre de 2021

VENTANAS HUÉRFANAS DE HORIZONTES


De entre todas las formas de perdernos,
encontrarnos siempre fue la más eficaz.

A estas alturas del año
han florecido los enfados
entre tus libros de arte
y se ha escapado aquel verano que regamos.

Los silencios han anidado en tus labios,
y sus pájaros de hiedra anuncian decadencia.
Ya de madrugada
han trepado las hormigas por mi garganta gritando tu nombre.

Domadores de insumisos,
malabaristas de consignas de monaguillo,
geniales trovadores de hidalgos y doncellas,
y anacrónicos voceros de cuentos chinos
echan raíces en mi discurso;
son nómadas impunes del viento que me habita,
alimento caduco de los ecos que me inspiran,
ingente atropello de tu delicadeza.

Huyen mis chacales al cobijo de tu tristeza
deseosos de perderse en tus laberintos.
Escaramujos de papel entre mis manos
anuncian sequías y abrazos extintos.

Del esqueje de mi sombra
ha crecido una ciudad de piedra
donde los niños juegan a construir
la forma de todos mis prejuicios.

En la playa, las huellas que dejamos,
se han llenado de castillos de alquitrán
custodiados por ejércitos empeñados
en derrotar toda oportunidad de volver
a volver
a encontrarnos frente al mar.

Escondido en el segundo previo al grito
he descubierto el culto a un dios furtivo, proscrito.
Su templo es el estruendo que nos unió,
su dogma es salvaje y esencial;
Sus fieles venden pan duro al precio de tus caricias
van por ahí dejando huérfanas de horizontes
cada una de mis ventanas,
y su mantra es una rapaz incapaz de olvidar.

De entre todas las formas de encontrarnos,
perdernos siempre fue la más eficaz.

sábado, 4 de julio de 2020

TÚ ME RECONOCES


El día que nos visiten los cirios

el día del gran hallazgo.

Tú me reconoces,

sabes quién soy.
Sabes que he olvidado los cuentos y las canciones
y que en mi silencio guardo todas las virtudes.

Tú, que has huido carne adentro,

que sabes quién soy y me reconoces,
has escuchado mi voz susurrándote al oído
y sabes que tiemblan los campos cuando los transito.

Dime, quién eres tú,

pues nunca te vi.
Tú, que oscureces mi horizonte, franqueas mis montañas
y tu rabia, tu ceguera y tu profunda herida envenenan y cercenan.

Dime, quién eres tú,

pues nadie me advirtió
que clavarías tu cruz sobre mi espalda y reirías a la venganza;
dime, quién, quién eres que rompes la quietud y aunque me reconoces
me matas.