miércoles, 11 de julio de 2012

ÉRAMOS TRES




Son las cuatro de la mañana,
el ruido de los aires acondicionados
lucha por ser más elevado que estos malditos grados.
Fuera, sólo la música de la noche,
que pocas veces disfruté realmente
a solas y a la intemperie,
con estrellas en lugar de gotéele.

Hoy llegaron palabras del otro lado del Mundo,
de aquel otro lado donde la frase “todo es igual”,
cojea en el todo.
Desde allí llegaron sonrisas escondidas tras la ilusión,
y un pellizco de miedo, de ese que gusta,
combustible del curioseo y del arte,
amante de la cultura y que camina al agrado del
“Hola, ¿qué tal?”

Son más de las cuatro de la mañana
a esta hora es cuando más ingenuo soy,
pues me doy cuenta de que el más mínimo sonido podrá escucharse
y creo ser capaz de escucharte si me concentro,
o si te espero...
Pero que ingenuo soy:
Al camión de la basura lo confundí contigo subiendo el ascensor.
Al sonido del ordenador, lo confundí con el motor de tu coche,
aún encendido.
Al ruido de la ansiedad correteando por el suelo lo confundí con tu voz
y el ruido de mi lápiz sobre el papel lo confundí con tu piel.
Pero que ingenuo soy:
si casi creo que el colchón crujía por el peso de dos
y cuando abrí los ojos vi que éramos tres:
yo, yo sin ti, y yo sin mí.

martes, 10 de julio de 2012

HECHA JIRONES

  

   Eva apagó la tele, olvidó hacerlo antes de irse a la cama y se había despertado entre noticias espantosas: niños soldados, hombres y mujeres clamando justicia en una Siria hecha jirones, una tal prima de riesgo en su particular montaña rusa...  

   Echó un vistazo a la habitación y después se arrepintió. Había ropa en el suelo y tirada sobre el sofá, la mesita del salón estaba llena de pañuelos y una cajita de Prozac abierta, varios papeles parecían haber servido de improvisada bayeta y aún yacían húmedos y tirados a un lado de la mesita; Había una carta escrita a mano encima de un sobre cerrado y una media docena de borradores, hechos una bola, alrededor. Junto a la carta había un portarretratos con la imagen de Eva y el que fue su marido. 

   Suspiró, cogió la carta, la metió en el sobre, se calzó, se atusó el pelo y se dirigió a la puerta. Dejó la carta en el suelo, en la entrada, y después de hacer el amago de coger el paraguas y no hacerlo finalmente, salió del piso. En la carta, en medio del blanco del sobre, rezaba: “Para ti” 

   Fuera chispeaba, así que Eva fue del amparo de un balcón a otro, hasta que después de unos diez minutos andando llegó ante un alto edificio de la barriada de Aluche donde vivía.  Salió del resguardo de las cornisas para echar una ojeada arriba, las gotas de lluvia se entremezclaron por un instante con la miel de sus ojos, luego se acercó al portero del edificio. Esperó a que alguien abriera y entró detrás. Subió por las escaleras, despacio, como si en cada escalón tomase una importante decisión. Llegó hasta la puerta del ático, parecía trabada, así que tuvo que empujar con fuerza hasta conseguir abrirla. 

   Salió fuera, seguían cayendo algunas gotas. El suelo de un rojo vivo y húmedo contrastaba con el gris del cielo. Eva se acercó hasta el borde del edificio, miró abajo, tenía diez plantas. Abajo en aquella parte del edificio, se podía ver el asfalto de una bocacalle por la que no solía circular nadie, “perfecto” pensó Eva. 

   Se descalzó y se subió al borde del edificio. Desde allí, el resto de su vida se resumía a dar un paso atrás, o darlo hacia delante. Cerró los ojos y alzó el rostro sintiendo el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre su piel. “Seré como una gota más, caeré como el agua de lluvia. El agua no siente, el agua solo fluye. Y además es justa, moja tanto a ricos como a pobres, le da la vida a quien la bebe y se la quita a quien no lo hace, sin distinción. El agua es vida, pero en su ausencia, también es muerte. Hoy me despido también de ella...”

            - ¡Ey, chica! ¿¡Qué coño haces ahí arriba!? – La voz de una mujer interrumpió sus cavilaciones y casi le hace perder el equilibrio - ¡Pero ten cuidado, joder!
   Eva hizo caso omiso, tenía que saltar ya o aquella mujer llamaría a la policía. “La policía otra vez no”.
            - ¡Maldita sea!, ¡si vas a saltar espera a que pasen esos niños!
   Al escuchar aquello, Eva se acuclilló automáticamente, abrió los ojos y miró abajo, allí, en el asfalto, no había nadie...
            - Una suicida preocupada por la vida de los demás, que bonito – dijo sonriendo una mujer mayor. Estaba en el balcón del último piso, a apenas unos metros debajo  y a la izquierda. – Si tan preocupada estuvieses no pensarías en saltar... crees que eres la única que va a morir, pero estarás matando también a la parte de ti que hay en cada uno de tus amigos o familia.
   Eva, aún de cuclillas, la escuchó enfadada, aquella mujer la había engañado y ahora quería convencerla para que se bajara de allí.
            - ¡Ni amigos ni familia, nadie es lo que dijo ser! – Gritó frustrada – ¡Ahora déjame en paz, saltaré digas lo que di...!
            - Duele, ¿verdad? – Interrumpió la mujer – Llevo asomándome al balcón de este piso durante toda mi vida, y siempre pensé que ahí abajo, donde ya no habría más que tripas y olor a muerte, era la nada; y a veces, la nada parece apetecible comparada con un dolor insoportable. Algo que parece que se instaló dentro de ti para no marcharse, ¿no es así? – La mirada de la mujer mayor se había tornado melancólica, a juego con el color del cielo.
            - ¡No sabe lo que dice, está delirando!, ¡váyase de una puta vez o...! – “Así es” pensó Eva.
            - ¡Ja!, me amenazas hablándome de usted, sin perder los modales hasta el final, ¿eh? – Eva se cabreó aún más, “¿me está vacilando?” – Mira, si quieres saltar, salta, pero antes me vas a escuchar... crees que no vale la pena sufrir de esa forma y quieres sentirte libre, pesan tanto tus cadenas que no quieres volver a moverte nunca más para no sentirlas. Y luego está esa sensación de ser la única que está pasando por eso, o de ser la única que no puede soportarlo, ¡venga ya!, mira a tu alrededor, todos sufrimos, todos lo hacemos de alguna u otra forma. Yo por ejemplo, estoy sufriendo ahora al verte ahí arriba, y sufro porque aún no han venido mis hijos del parque, y mira el tiempo que hace. Pero el dolor y el sufrimiento tienen su utilidad, mientras más eche de menos a mis hijos, más fuerte será el abrazo que les dé al llegar a casa, mientras más días esté lloviendo, más parecerá que brilla el Sol cuando salga. Ahora tienes la oportunidad de elegir si saltar o no, pero si decides saltar... se acabó tu libertad, ya no habrá más opción que la caída. En cambio si retrocedes, tendrás un resquicio de libertad. Escúchame hija... – Se detuvo un momento, Eva la escuchaba, pero estaba con la vista perdida en la distancia. Se estaba empapando y empezaba a sentir mucho frío. En la fachada de enfrente habían varias personas asomadas a las ventanas, viéndola allí subida y cuchicheando entre ellas. “seguro y habrán llamado ya a la policía” pensó Eva.
            - Tengo que... – dijo en un susurro. No sabía si lloraba, en caso de hacerlo pensó que no distinguiría las lágrimas de la lluvia que corría por su rostro.
            - No tienes que hacer nada. Lo has perdido todo, se nota en tus ojos, ahora sólo te queda algo que perder, y está ahí abajo, en el asfalto... dentro de media hora puedes ser una mancha en la calle de abajo o alguien viva con un corazón manchado. ¿Qué prefieres ser?
            - ¡Deja de hablar de mí como si me conocieras!, ¡No sabes nada de mí!, ¡Guárdate tus palabras!, ¡No se trata de lo que quiera ser, sino de lo que no quiero ser... de lo que no quiero sentir!... ¡se acabó, no voy a volver a sentir, no quiero volver a hacerlo! – Rompió a llorar, y al mismo tiempo, ella se rompió al llorar. Si creyó que no diferenciaría las lágrimas de la lluvia estaba equivocada, sus lágrimas escocían y estaban calientes. La nariz se le llenó de mocos y si algún día había construido un dique en sus ojos, hoy había reventado.
            - ¡No te mereces sentir, ni tan siquiera sentir el dolor, salta de una vez! Saltar es fácil, está hecho para las cobardes como tú, para las que no merecen ver salir el Sol, ¡vamos!, ¡Sentir solo está reservado para las personas valientes!, ¡tú no te lo mereces!
            - ¡Cállate!, ¡¡cállate!! – Eva dio un paso atrás - ¡Cállate! – Dio otro paso atrás – Cállate – dijo entre susurros, se bajó del borde y escondió la cabeza entre sus piernas, estaba tan deshecha que creía que perdería la consciencia. 

   La policía la encontró hecha un ovillo. La taparon con una manta y la bajaron despacio.

   Lo próximo que Eva recordó con claridad era estar sentada en comisaría. Dos hombres se le presentaron como un oficial de policía y el psicólogo de la comisaría. No había levantado la mirada hasta entonces. Como los dos hombres veían que no hacía caso alguno, el policía empezó a narrarle los hechos al otro señor: “Los vecinos dijeron que la vieron hablar con alguien, pero cuando llegamos, estaba ella sola en el ático” dijo el policía.
            - Hablaba con una señora – Dijo Eva casi en un suspiro. El psicólogo se adelantó, puso sus manos sobre las de Eva y le preguntó:
            - ¿Estás bien?, ¿Puedes mirarme?
            - Estaba asomada al balcón del piso de abajo, el de la izquierda – Respondió sin hacer caso de las preguntas del psicólogo. Éste asintió y preguntó:
            - Eva, ¿te dijo como se llamaba aquella señora?
            - No, sólo dijo que esperaba a sus hijos.
   El policía se acercó al otro hombre y le susurró algo al oído. Ambos parecían muy serios.
            - ¿Qué pasa? – Dijo Eva levantando por primera vez la vista del suelo.
   El hombre que tenía las manos sobre las suyas miró al policía y asintió. Luego el policía dijo:
            - Eva, eso es imposible, la única señora que vivía allí murió hace unos meses... fue...
            - ¿Qué ocurrió? – Instó ella.
   Los hombres se miraron dubitativos hasta que el psicólogo volvió a asentir, esta vez, sin apartar la vista de los ojos de Eva.
            - Fue un caso de violencia de género. El marido mató primero a uno de los niños en el parque, después a su mujer en casa y luego se suicidó disparándose con una escopeta. El otro niño resultó gravemente herido de un disparo, aún está recuperándose.
   Hubo un silencio en la habitación, Eva parecía haber despertado de un profundo sueño. Aquel silencio podía sentirlo fuera y dentro de ella... parecía pasar por sus ojos una vida entera en señal de duelo.
            - Al niño... a... a su hijo... deberían decirle cuando se recuperase, que su madre fue una valiente y que esta mañana... me salvó la vida.

***
  Poco después Eva salió de la comisaría. Arriba en el cielo, entre dos jirones grises... se escapaban unos rayos de sol que brillaban como nunca lo habían hecho. Eva respiró hondo, olía a humedad, a tierra mojada y a libertad.

AZUL COBALTO E HILO DE ACERO


   Había una vez, el segundo botón, recién cosido, de una vieja camisa gris y mil veces usada, que se creyó ser una gema color azul cobalto y cosido con hilo de acero. Era de todos los botones de la estropeada camisa, el más admirado. Todos querían ser como él: Tener el brillo de sus cuatro ojos, la solidez del nudo de su hilo y la perfección con la que se encajaba y sujetaba al ojal.

   Cuando su dueño se ponía la camisa, siempre era a él a quien abrochaba primero. Cuando se la quitaba, era a él también a quien desabrochaba en primer lugar. 

   Éste botón se creía una gema azul cobalto porque era el color que más le gustaba y se creía atado con hilo de acero, porque era lo quería creer, y aunque viese su triste beige y su hilo corriente reflejado mil veces en un espejo, él siempre se decía: “por qué va a ser más real el reflejo de un espejo que lo que yo creo. Además, todos me miran como si fuera una gema azul y estuviese bien sujeto. Asique eso seré.

   Un día, cuando se acercaba el verano, su dueño se puso la camisa y no se abrochó el segundo botón, pues hacía mucho calor, “se habrá olvidado”, pensó el botón ajeno al calor del verano. Pero la próxima vez que volvió a ponerse la camisa, volvió a no hacerlo, y así, pasaron los días.
   Una noche, en el armario, cuando creía al resto de botones dormidos, el segundo  abrió los ojos y se puso a pensar en alto: “De que sirve un botón que no se cierra con su ojal. ¡Mala suerte la mía!, de que servirá el brillo de mi azul y el nudo de mi hilo de acero si no me abrochan. ¡¿Acaso tendrá razón el reflejo de aquel espejo y sólo soy un vulgar botón más?!” Decía creyendo que nunca más lo volverían a abrochar. 

   La próxima vez que el dueño volvió a colocarse la camisa fue al comienzo del otoño, era un día de viento y al primer botón que abrochó fue a él. Éste estaba triste y decaído, miraba al resto de botones que había más abajo y no vio diferencia alguna entre sus brillos. Los demás lo miraban extrañados.
   Antes de cruzar la puerta para salir de casa, el segundo botón cedió y se rompió. “Es normal que se rompa mi hilo: es de lo más corriente, y yo... sólo soy un botón” pensó mientras caía.

   Pasaron las semanas hasta que volvieron a coserlo, aunque no se volvió a recuperar, y a partir de entonces, siempre que veía su reflejo en el espejo, asumía que era él, que ese beige era suyo y ese corriente hilo también. 

   Llegó el invierno y con él, las nieves y el frío. Un día, el dueño se puso la camisa bajo el abrigo, y al abrochárselo empezó por el primer botón. Al hacerlo, el segundo miró arriba, nunca había mirado hacía aquel lugar, creía que allí no habría nada, pero vio un botón justo por encima. Sorprendido preguntó:
            - ¿Quién eres tú?
            - Soy el Sol y mi hilo es de luz  – Sonrió feliz el botón recién abrochado.
            - ¿El Sol?, ¡pero si sólo eres un botón!
            - Eso es lo que dicen los reflejos, pero mírame: sólo me abrochan cuando hace mucho frío, y al cerrarme, respiran tranquilos. Soy quien los salva de un catarro, soy quien les da calor, así que, soy su Sol – El botón parecía brillar más y más a medida que hablaba, y estaba tan arriba...
            - Y si eres el Sol, dime, ¿por qué no te abrochan siempre? – Quiso dudar el segundo.
            - Porque sólo lo hacen cuando el Sol del cielo y su abrigo se van. Dime, ¿quién eres tú?
            - Yo...
            - Brillas un tanto... azul, ¿no es verdad? – Le interrumpió el primer botón
            - Ya... eso era antes... pero el espejo...
            - El espejo sólo te muestra lo que ve. No lo que crees ser, y hazme caso: llegaras a ser, únicamente, lo que creas ser. Nunca nada más, ni aunque un día todos los reflejos del mundo se volvieran locos y te enseñaran que eres de oro, creerías en ello, pues tu sólo verías el beige que crees ser.
- Pero mis ojos...
-“Lo esencial es invisible a los ojos” – Parafraseó el primer botón.
- Tal vez lleves razón...tal vez brille un poco azul porque soy... soy una gema azul cobalto, y mi hilo... ¡mi hilo es de acero! - Terminó diciendo el convencido botón
            - Eso creía yo... – Sonrió el Sol

   Después de aquella conversación que todos los botones también escucharon, no hubo camisa que quedara mejor que aquella.