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lunes, 15 de julio de 2013

IMAGINA


   Al otro lado del espigón la luz de las primeras llamas se tragaba la oscuridad de la noche. A estas alturas la flota del señor de la isla de Beëila estaría contraatacando las más de dos docenas de galeras que se acercaban por la costa occidental. Seguramente ya hubiesen empezado a defenderse catapultando barriles de brea y flechas envueltas en fuego desde lo alto del adarve del castillo.

    La luz y el sonido del crepitar de las llamas le hacían suponer al contramaestre que más de un palo mayor estaría ardiendo, jarcias incluidas. Sólo esperaba que los capitanes al mando hubiesen sido lo suficientemente inteligentes como para plegar las velas y sacar los remos al acercarse a la costa. Aún no se escuchaba el choque del acero, y eso era una buena señal, significaba que la batalla aún no se había llevado a tierra firme, y que todavía estaban a tiempo de sorprender a la guarnición del castillo por su retaguardia.

   - ¡Señor, Marina está anclada, esperamos órdenes! – Quién informaba era Taburete, un soldado en el que se podía confiar, estaba al mando del resto de los suyos y todo el mundo lo llamaba así porque se decía de él que fue capaz de dejar fuera de combate a dos hombres armados de acero, con la pata de un taburete. Desde entonces, llevaba la corta pata atada al cinto, mostrándola, para que a nadie se le olvidara lo diestro que podía llegar a ser.

   - Ordena sacad los botes y remos, cargadlos con candiles y armas, y dejad a seis hombres a bordo – A pesar de que necesitaría todos los hombres posibles, el contramaestre no podía permitirse abandonar la salvaguarda que suponía su bergantín.

   Bajaron en los botes al agua. Tras los afilados espigones que circundaban esa cara de la isla reposaba la paz que faltaba al otro lado. El cielo estrellado y sin luna se reflejaba en las aguas, ahora más tranquilas. Se podía escuchar en la lejanía una melodía hecha con girones de viento, y el ruido del fuego y gritos angustiados de hombres empujados a la batalla, como contrapunto.

   Los hombres remaban en seis botes dispuestos en una hilera de dos, encabezados por los gobernados por el contramaestre y Taburete. Poco a poco iban adentrándose entre un mar de  rocas salientes que dibujaban un, cada vez más hermético laberinto de pizarras y corrientes de agua. Detrás dejaban a Marina y seis hombres a bordo. Las velas del bergantín, la mayoría recogidas, estaban tintadas de un azul marino que, si difícilmente se veía desde la perspectiva de los hombres que se alejaban, menos aún se verían desde un punto más alto, pues se confundían con el agua. El barco y los hombres perfectos para desenfundar el acero antes de que nadie los viera. Entrar y hacerse con el control de la puerta oeste de la fortaleza, esa era la misión.

   Taburete empezó a contar la historia de aquella melodía que el viento se encargaba de fabricar allá arriba, en las entrañas del castillo:

   - Dicen que los Beëilisianos se encontraron bestias reptiles, tan grandes como caballos, cuando llegaron hace siglos a esta isla – Susurraba con tono amenazador lo suficientemente alto como para que todos pudieran escucharlo, y temerlo – Sus espadas dieron caza a casi todos, a los que no mataron, los domesticaron. A todos excepto a uno, a una mole de escamas tan grande y feroz que arrancaría el mástil de una galera de un solo bocado. – Esbozaba una sonrisa pícara, pues sabía que más de un soldado se removía ya inquieto en su asiento. El pobre Pot, un soldado joven y de noble cuna odiaba tener que lidiar con las historias de Taburete, aún así le reconfortaría tenerlo cerca durante la batalla. Taburete siguió contando: - A esa criatura no consiguieron matarla, pues sus escamas eran tan duras como el diamante, y no había lanza que pudiera atravesarlas. Así que le tendieron una trampa y la capturaron, desde entonces la tienen encerrada bajo los cimientos del castillo, cuyos muros le sirven de cárcel. Allí, adormilada respira creando esa melodía que escucháis, y por eso los mercaderes llaman a esta isla, la isla que canta. – Sonrió burlonamente – Aunque más bien deberían llamarla la isla que respira.

   El contramaestre sabía que toda esa historia era solo habladurías de ancianas y bardos. La melodía que el viento forjaba era producto de un millar de agujeros que tenía la pared este del castillo, laminados en bronce, de tal forma que el viento, al pasar por las oquedades de la piedra componía una particular melodía. Siendo distinta cuando las rachas de viento anunciaban una tormenta. Los antiguos utilizaron esa estrategia para que el pueblo supiera cuan cerca estaba el mal tiempo, pues en ese pequeño rincón del mundo, las tormentas eran frecuentes. Fuera como fuese, los Beëilisianos consideraban el silencio un mal augurio, y él, estaba dispuesto a utilizar eso a su favor.

   El discurrir del agua salada se estrechaba, los seis botes avanzaban ahora entre dos moles de pizarra de varios cientos de metros de altura. Tras las rocas de la derecha dejaban su billete de vuelta, el bergantín; tras las rocas de la izquierda, el campo de batalla, aquello que les daría una vuelta repleto de honores e historias que contar.

   Según las indicaciones del contrabandista al que apresaron, la escalinata por la que podrían acceder a la isla debería de estar muy cerca, así que remaban ojo avizor e intentando ser tan silenciosos como un mal augurio.

   Cuando estaban a punto de encender los candiles, el contramaestre atisbó un saliente a babor y ordenó que detuvieran el avance con el puño en alto. Los soldados mantuvieron los remos en el agua para darle estabilidad a los botes mientras taburete saltaba al pequeño saliente y echaba un vistazo. Desde su perspectiva la escalinata era tan empinada que parecía llegar al mismísimo cielo. Justo como había descrito el contrabandista. “Alguien se acaba de ganar la libertad” Pensó taburete.

   Amarraron los botes y comenzaron a subir. Si había alguien que no sonreía mientras ascendían por la escalinata, ese era Pot, a él le hubiese gustado ser uno de los seis elegidos para quedarse en el barco, allí donde el silencio era una compañía agradable, y no iba de la mano de ningún acero. Aunque si quería ganarse el respeto de los vasallos de su padre cuando volviera al reino, más le valía traer su armadura llena de abolladuras y sangre ajena.

   Fue una ascensión interminable. La superficie estaba húmeda y exigía ser lo más escrupuloso posible a la hora de decidir donde pisar. Escalaban en una hilera de a uno, el contramaestre a la cabeza.
   Cuando consiguieron ascender se encontraron envueltos en un pequeño bosque de pinos soldado. El suelo estaba lleno de hojas de aguja y piñas. La puerta del castillo se alzaba a menos de una legua al oeste, así que se pusieron en marcha.

  Avanzaban silenciosos, por entre los árboles, dejando el camino a su derecha, visible y sin ninguna patrulla que custodiara ese lado de la isla. Cuando atisbaron la pared de sílex y granito del castillo se detuvieron.
   - Esperad – Ordenó el contramaestre – Mirad allí, ¡maldita sea! Acaba de salir una avanzadilla. – Una docena de hombres se dejaba ver, la poca luz de la noche se reflejaba en sus cotas de malla. Un hombre ordenaba al resto a dividirse e inspeccionar los bosques circundantes. “Alguien se ha ido de la lengua” pensó el contramaestre.

   - ¿Atacamos, mi señor? – Preguntó Taburete inquieto.
   Ellos eran más, pero si salían al camino y se dejaban ver, darían la voz de alarma. Mientras pensaba en qué decisión tomar escuchó una orden que hizo que sus miedos se alzaran en armas.
   - ¡Llevad a la bestia con vosotros! – De entre las sombras, aparecieron tres hombres que arrastraban a un lagarto tan grande como un caballo adulto, aunque no llegaba a tener su estatura, sus patas eran fuertes, su cola se movía nerviosa ora arriba ora abajo, y lanzaba dentelladas a los soldados que lo llevaban amarrado del cuello con un listón de acero. Ellos y dos hombres a caballo se dirigían hacia su escondite entre los pinos.
   - Orden, mi señor – susurró Taburete mientras se acercaban - ¡Orden, mi señor! – Gritó taburete cuando los tenían casi encima – Ahí vienen… - dijo ahogado, echándose la mano a la pata de taburete.
  - ¡Responda! – La voz que sonaba era otra, incluso el lugar era otro - ¡Responda señorito Iván! ¿Sabe acaso de que hemos estado hablando durante toda la clase? – Quien le preguntaba era el profesor de filosofía, llevaba un libro en las manos y lo observaba fijamente. De repente se dio cuenta de que todos lo miraban, y de que ya no estaba en la isla de Beëila.
   - Dígame, ¿sabría decir de qué han tratado los últimos cuarenta y cinco minutos?, ¡Oh, claro que no! – Dijo sin dejarle tiempo para responder – Ha vuelto a quedarse pasmado, ensimismado pensando en dios sabe qué.
   Estaba avergonzado, escuchaba a algún compañero aguantarse la risa a sus espaldas, pero no supo que decir, sólo agachó la mirada.
   - ¡Silencio! – Esta vez se dirigió a toda la clase – A ver, Daniel, díganos usted que acabo de explicar.
   Daniel, al otro lado de la clase, se levantó erguido y comenzó a recitar:
   - Hemos estado hablando sobre el concepto de la imaginación y la opinión que tienen al respecto distintos autores.
   - Muy bien, puedes sentarte. – Luego prosiguió con la clase – Para Kant había dos tipos de imaginación…
 
   Iván, avergonzado, volvió a zafarse de la realidad con tan solo una pregunta en su interior, una pregunta que seguro que si la formulaba, ni Daniel, ni el profesor, ni el mismísimo Kant sabrían responderle: “¿Qué habría ocurrido con el contramaestre, Taburete, Pot y el resto de soldados?”

sábado, 15 de junio de 2013

TE LLAMO

Te llamo, hoy me gustaría
sacarte las cosquillas y hacerles el amor.
Después salir con ellas a emborracharme
a sitios
que nunca ha visto el Sol.
Partirnos la agenda y los tiempos a golpe de infancia.
Decirle que no al primer chino que quiera vendernos una flor
y comprarle el ramo entero al que nos venga hablando de amor.

Que desayunemos un amanecer para uno
pero nos lo comamos los dos.

Dejar de rimar, mirar tus antiguos mensajes de ya-no-me-acuerdo que red social.
Sonreír, palidecer la noche que parecía gris y creerme perdido entre tanto “si”.
Luego quiero encontrarte, te vuelvo a llamar a las tantas y no respondes
te quiero aquí, te quiero llorar, oírte partir
y después
dejarte marchar.

Para que me quiero a mí, si te tengo a ti.

A mí la poesía nunca se me dio bien. Soy más de hacerte llorar, de aprender a consolarte recordándote que siempre hubo heridas más grandes. Como si quisiera calmarte enseñándote los dientes.

Te vuelvo a llamar pero no me lo coges
seguro que tú siempre hacías el amor pendiente del móvil,
prefiriendo los “te quiero” online
y los gemidos, siempre, fuera de cobertura

Me desquicio y cierro el puño. Hoy voy a pegarle al viento hasta que me traiga el cielo que nos prometió. Grito y si no me entiendes, pues ladro. 

Suspiro y pienso: “Hagamos de corazón un puñado de tripas”. Salgo y me lanzo a la primera que me ve, le hablo de lo bonito que encierra en sus ojos, le invito a la copa que yo no me bebo, la saco a la puerta del antro a contar las estrellas que nos deje ver la luz de las farolas. Le hablo de sus labios, de su piel, de lo suave que es y de lo mucho que te echo de menos… la llamo por tu nombre, le digo quien eres, le hablo de lo fácil que es morirse por ti y de lo difícil que es vivir contigo… 
y cuando quiero acordar, ya no está. 
Se fue.

Te vuelvo a llamar. No me lo coges y siento: "hoy antes de dormir, seguro que  la sal me llega a los labios"

Lo he intentado todo y no hay manera
no hay forma de encontrarte… a este paso
empezaré a buscarte.



sábado, 11 de mayo de 2013

ESCRITO



Últimamente no te encuentro,
yo, que creía que las sábanas eran más de esconder orgasmos que secretos.
Andaba tan equivocado como el hielo que cree existir para enfriar el whisky,
cuando es el whisky el que existe para derretirlo a él.

   Ave de presa de la arbitrariedad en la que se mueve tu pelo, así me siento, y escribo al azar, sólo que el dado que uso para jugar, se olvidó de sus caras para dibujar la tuya.

   No merece la pena decir que no a las palabras, que pueden que no me traigan tu estela, pero ¿y la de simulacros de ti que voy a conocer? Eso no me lo quita nadie. Y hablando de quitar, anoche soñé contigo y te llevaste hasta mis ganas de despertar, tuve la sensación de haber besado el suelo, y ya sabes como soy, tengo la fea costumbre de, al caerme, quedarme un rato en el suelo, a veces se aprende más mirando al suelo donde pisamos que dejándonos la vista en el cielo con el que soñamos. Por eso mismo suelo decirme que no debo menospreciar a ningún cabizbajo, ni a ningún iluso. Nadie sabe más de las caídas que quien no sabe por donde pisa.

   Llegado a este punto yo diría que ya te he hecho temblar. Pero lo escribo sin argumento, que por muy alta alcurnia que aquí no haya existido nunca, en cualquier amago de literatura siempre ha habido cabida para las baladronadas, eso lo sabe cualquier hijo de vecino.

   No quiero irme sin hablar de intenciones. La intención de dejar esto escrito, espero y tiene que quedar claro que nunca fue un motivo, no fue un adorno al capricho de un insomnio, ni la búsqueda de tu sonrojo, admiración o desprecio, ni tan siquiera una inspiración, nada más alrededor de la verdad, la intención siempre fue una angustiosa y apasionante necesidad. Nada más, y por supuesto, nada menos. Porque por más no sé a dónde llegaríamos, pero por menos, hasta aquí hemos llegado, que no es poco.

   Si lo que quieres es no aburrirte al leer estas palabras deberías haberlas leído en voz alta, no con tu voz, sino con la de ella. Con ese deje sensual que levantaría en armas a un país sin enemigo alguno, con esos labios que… si hay un lugar en el mundo donde la soberbia le hace el amor a la inocencia, es allí.  Si no la escuchaste nunca, si no sabes de quien te hablo, si crees que para recordarla tienes que hacer un ejercicio de memoria y no de corazón, espera, deja que este mentiroso te diga como encontrarla: Sólo tienes que cerrar los ojos y no volverlos a abrir nunca más, cuando hayas pasado tanto tiempo a oscuras como para creerte ciego, entonces, deja de hablar, esta vez hasta que te creas mudo, luego hazte el sordo hasta que no oigas, no respires hasta que te creas muerto y después, olvida a todos cuantos conociste hasta que te creas solo, empezando por ti. A aquella de la no consigas olvidar, recuérdala. Si no hay nadie, tranquilo, sea quien sea ella para ti, vendrá a rescatarte, y lo hará hasta que tengas más motivos para encontrar que para buscar.

Ya está.

Escrito está.

miércoles, 1 de mayo de 2013

TIEMPO AL QUE DECIR...

Como decirle al soldado de la trinchera que se ha quedado sin tabaco.
Como decirle a un atajo que llegarás tarde porque prefieres el camino largo.
Como convencer a la chica del vestido que vaya al baile sola.
Como decirle al asfalto de una cancha de baloncesto que se acabaron los amigos, que será aparcamientos a partir de mañana.
Como perdonar a tu verdugo antes de que te corte las alas, o como ponerte delante de todas las arras del mundo y decir que la quieres libre.
Como rezar en un mercado, comprar en un hospital o hablar de prohibiciones en una escuela.
Como, quien oyendo llover, consigue escuchar sus secretos pero no tiene a nadie a quien contárselos, o como quien le tiene que explicar al canto de un canario porque lo prefiere cerca y preso antes que libre y lejos.
Como decirle al mar que ya no hay peces que jueguen por entre su sal, o como preguntar por el amor en un burdel.
Como explicarle a un niño la razón de ser de la pena de muerte.
Como levantarte cada día al alba para contarle al Sol lo mucho que brillan las estrellas.
Como ir a Mali a hablar de Smartphones
Como quien se pone el uniforme de gala, las condecoraciones, se sube a un coche oficial y tiene que ir de casa en casa a hablar de guerras, regalando banderas y fabricando viudas.
Como hacerle saber al poeta que será feliz, que empiece a rimar con los colores y se deje de tanto gris.
Como quien asiente al profesor que cree haber encontrado la definición del amor.
Como hacerle saber a quien escribe esto, que tantos “como”, aburrirán al lector
Como quitarle las velas al barco delante del capitán, como arrancar las hojas de un diario personal delante de quien lo escribió, como quien se cree que sale a fumar a la entrada del bar y nunca nadie le ha dicho que esa es la salida, que no volverá a entrar.
Como quien llora por dentro cuando folla, porque sabe que no es a Ella a quien hace gritar.
Como hablarle a unos grilletes de la ramera de la libertad


Sí,
es como esa sensación,
como esa angustia de quien solo encuentra suspiros buscando respirar,
es como todo eso y más lo que siento cuando tengo que decirle a mi tiempo,
que hoy tu compañía, 
no lo adornará.


miércoles, 17 de abril de 2013

DICEN POR AHÍ


   Hay por ahí alguien que se dedica a presumir de haber matado a la poesía. Cuenta que sabe de los secretos que tiene ella guardados entre las piernas, y que ha contado ya todas las estrellas, las ha enumerado, y les ha puesto precio. Las vende en no sé qué mercado de tus labios.

   Cuentan por ahí que la tristeza inspira, y que las ostias fabrican poetas. Que la noche en la que todos duerman y no haya alguien escribiendo, este mundo se irá a la mierda. Si pones atención y entras en los garitos sin pedir permiso, escucharás que últimamente corre el rumor de que esto llega a su fin, de que, ni tus hijos, ni los míos, verán la luz del día. Si les preguntas que cómo lo saben, te hablarán de poesía.

   Hay una librería donde entre cuentos, ensayos y novelas han oído decir que las primaveras son cada vez más cortas, que ya sólo florecen nomeolvides en los jardines del rey; que la hiedra ya no se enrosca bajo ningún balcón, pues no hay novio que corteje, ni chica adolescente en el mundo, que por palabras de amor, se sonroje.

   Si preguntas por el mendigo con galones en la estación de tren, él te contará la historia de que las olas que se vierten sobre las costas de la más que olvidada África, están cansadas de llorar, y ahora, que apenas les queda sal, pretenden inundar el continente. Que dicen que anhelan dar un trago de más, por los que siempre se hizo de menos.

   Dicen que el miedo se ha salido de su escondite, se ha maquillado de decadente, perfumado de narcisismo y ha salido a la calle vestido de espejo. A salido a buscar marido dicen, que él quiere a alguien que se rinda a sus encantos y al tiempo, él quiere a alguien que viva de puntillas y sin querer, le da igual que seas tú o que sean todos los hijos de vecino a la vez, y a sus pies.

   Si pones atención escucharás al asfalto que habla de manifestantes y temblores, de justicia y motores. El asfalto, cada noche, cuando nadie lo pisa, pregunta a la luz de las farolas sobre cuál será el motivo que nos lleva asfaltar tantos caminos, les pregunta qué a donde vamos si siempre nos ve volver. La luz de las  farolas, que siempre han tenido más historias que contar que la luz del Sol, siempre le responde diciéndole que no se preocupe, que lo único que pasa es que, ya sea a oscuras o a encendidas, estamos perdidos.

 Todo lo escrito hasta ahora se escucha por ahí, sólo hace falta oído y latidos para escucharlo decir, y aquí, aquí qué se dice, aquí se habla de verdad y se dice de ella que sólo visita entierros. Que le encantan los finales. Sea cuando sea, si el fin y la verdad tienen que llegar… que nos pillen bien follados.

miércoles, 10 de abril de 2013

ABRIÓ LA BOCA

El bebé abrió la boca, no porque tuviera sed o hambre, ni porque quisiera llamar la atención, simplemente la abrió y después lloró.

   El llanto repentino distrajo la atención de aquel hombre, que al mirar la silleta del bebé perdió la oportunidad de pedirle la cuenta al camarero que pasaba por su lado en ese momento. Salió del restaurante dos minutos más tarde de lo que lo habría hecho si hubiese pedido la cuenta antes. Volvió al trabajo y justo cuando iba a coger el ascensor que lo llevara a su oficina, la puerta se cerró, recordó los últimos análisis médicos y decidió subir por las escaleras, cuando iba por la cuarta planta, el esfuerzo le recordó que tendría que ir al baño, así que antes de sentarse en su despacho pasó por el servicio.
   Allí, sentado, escuchó como entraban dos hombres y empezaban a hablar sobre una fiesta sorpresa, eran dos de sus compañeros, así que puso atención en la fecha y el lugar. Sin quererlo había atropellado la sorpresa de aquella fiesta. Se haría el sorprendido, eso está claro, pero también aprovecharía la ocasión para ir “casualmente” bien vestido.
   Al día siguiente, compró una americana en una de las tiendas de la calle de la Platería. Allí discutió sobre el nombre del color de una de ellas: “Cobalto” decía la dependienta, “Marino” le quiso corregir él… Cuando terminó por escoger una, fue a tomar algo en una cafetería, que además de servir el mejor café de aquel rincón del mundo, también servía de trampolín a escritores noveles, pues allí se mostraban obras descatalogadas de cualquier editorial.  
   Mientras tomaba el café e imaginaba la cara de sorpresa que debería de poner al día siguiente, se fijó en un libro, pues su portada era de color azul marino. Se titulaba: “Un suspiro en un mundo donde no se puede respirar”. Ni tan siquiera hizo el amago de cogerlo, aunque el título no le dejó indiferente.
   Al día siguiente, sus amigos le insistieron en ir a tomar una copa después del trabajo, y él, que al principio se negaba escondiendo una sonrisa, acabó por ceder. Al entrar le esperaban todos sus amigos y una canción de cumpleaños feliz. La cara de asombro ensayada fue perfecta. Para todos excepto para la amiga de una amiga, es decir, una desconocida, cuya afición era el teatro alternativo y las clases de interpretación. A ella no le habría engañado ni el mejor de los ensayos. Así que cuando tuvo oportunidad se acercó a él, se presentó y le dijo:
            - Ya sabías que iban a darte esta fiesta, ¿verdad?, aunque tengo que reconocer que ha sido un lindo espectáculo tu cara de asombro.
   Desconcertado al principio y altanero después, respondió:
            - El lindo espectáculo está aquí, diciéndome lo que sólo para ella ha sido evidente.
            - Sólo sonrieron tus labios, te olvidaste de tus ojos
            - ¿Y ahora?, ¿sonrío de verdad ahora? – Hubo un silencio cómodo en ese momento. Seis momentos después bailaba con ella. 
   Llegado un punto de la noche donde el alcohol lo hacía osado, le susurró con una balada de fondo, el título de aquel libro que leyó:
             - Esta noche has sido para mí, como un suspiro en un mundo donde a veces creo, que ni se puede respirar.

   Creyó que no surtió efecto, pues no reaccionó de ninguna forma, pero entre latido y latido se coló aquel suspiro del que hablaba y casi sin darse cuenta, ella quiso conocerlo.
Una vez, dos, tres y hasta seis años pasaron hasta que ambos se casaron. Pero eso es otra historia con sus propias casualidades cosidas al milímetro.
  
   Sólo me detendré al final. En la curva de aquel suave círculo que describe todo el camino y que a la vez, delimita el punto y continuará de cualquier historia…

   Al final, aquel hombre que estuvo un día en aquel primer bar, abrió la boca, no porque tuviera sed o hambre, ni porque quisiera llamar la atención, simplemente la abrió y después murió.

domingo, 17 de marzo de 2013

EL SILENCIO, UN GESTO DE REVOLUCIÓN


Hoy voy a contaros una historia, no es mi historia, es la de alguien que nació y vivió aquí, en España. Al abrigo de una familia humilde.

Supongamos por un momento que su educación  fue perfecta y desde que empezó en el jardín de infancia hasta que terminó en el instituto aprendió a ser libre, respetar los derechos y libertades de los demás, ser igualitario y a decir no a la discriminación por etnias, sexo, religión, cultura o discapacidad. Aprendió a ser responsable, a trabajar en equipo, y a resolver los conflictos a través de los principios democráticos y la tolerancia. Aprendió un segundo idioma, a respetar a los que le rodean aquí y más allá de estas fronteras, a adquirir hábitos intelectuales que satisficieran sus inquietudes, a hacer deporte y hacer todo, todo eso con tesón, esfuerzo y constancia.

Añadamos también que de su familia, sus amigos, su perro “Whisky”, su primera, segunda y su tercera pareja, ayudaron a complementar muchas de las cosas que le enseñaron en las aulas y le añadieron algo que no cabría en ninguna ley de educación: El amor.

Con todos esos ingredientes no le fue demasiado difícil graduarse en la universidad. A quienes si le costaron un poco más fueron a sus padres, su madre tuvo que buscarse un trabajo y tuvieron que sacrificar vacaciones y caprichos. (Que se lo digan a su único coche, que aún lleva la pegatina de curro en la puerta de atrás)

Luego dos años repletos de cursos, prácticas de empresa, voluntariados y por fin… estaba dispuesto a llamar a la puerta de su primer trabajo. A estas alturas de la historia, supongo que sabrás cual fue la respuesta que encontró. Aunque él era de insisitir e insistió

Se le pasó por la cabeza salir al extranjero, pero pensó que ir a un sitio en una mejor situación en lugar de intentar la situación aquí, sería de cobardes, así que siguió repartiendo curriculums

Después de corroborar que no tenía ni el suficiente dinero como para emprender ninguna idea propia, hizo lo que muy pocos hacen, se sentó, pensó y reflexionó sobre cuál sería la posible solución al panorama que estaba viviendo. Lo primero que hizo fue responder a los que muchos le insistían diciéndole “así es la vida”, con un “No, así la hemos hecho nosotros”. Y le llevó a creerse a sí mismo que si así la habían hecho otros, ellos podrían cambiarla.

Tuvo que sentirse perdido para encontrarse consigo mismo, y no pasó poco tiempo cuando se dio cuenta de que en un mundo donde se gritan mentiras, el silencio no sólo era una gran verdad, sino un gesto de revolución. El silencio como pilar básico de la revolución de los perdidos. Silenciar las mentiras con verdades, silenciar las calles, plagadas del ruido de motores, con ruido de pancartas y gritos de justicia, silenciar la injusticia en el trabajo con huelgas cargados de democracia, silenciar la ignorancia con información, la parcialidad con la imparcialidad, silenciar la desilusión con esperanza y como no, el odio con libertad.
Tal vez el silencio no sea la solución, pero sin silencio no hay quien escuche, y tal vez alguien en otro sitio diga cual sea la solución y el ruido nos impida escucharla. Así que tal vez el silencio no sea la meta, pero sabed que no hay meta sin camino. 

sábado, 9 de marzo de 2013

HAY ACANTILADOS QUE DEBERÍAN DE LLEVAR TU NOMBRE

Solías ir despeinada para ahorrarle trabajo al viento, con la sudadera ancha de algún novio pasajero y una felpa en el pelo. En esos momentos habrías hecho llorar al tiempo por haberte hecho efímera, pero nunca te entretuviste en juegos, solías hacerlo de forma sutil. Sin avisar, cogías las palabras por las tildes…

…y lo mandabas todo bien lejos.

Había inviernos que te veía en manga corta, desafiando a los grados, proponiendo tu piel como campo de combate entre anhelos y pecados. Daría todas las briznas de aire y todos los orgasmos de mentira por volver a verte así vestida. Solo me evitaría estar durante los primeros minutos tras tu despertar, parecía que tus sueños te regalaban infiernos para cuando abrieras los ojos, sólo entonces…

…destrozabas todo cuanto veías.

Si las sábanas hablaran, preguntarían porque lo hiciste siempre encima y nunca bajo su abrigo, y tú le hablarías de prisas, de luces medio encendidas que dejaban ver la piel de quien intentaba poseer lo único que callaba y mataba sin ser sábanas, ni estar afiladas… tus curvas. Esas noches trémulas de estrellas sonrojadas y luceros del alba asomados antes de tiempo, queriendo verte despierta, o tal vez haciéndole el amor a algún poeta. Luego terminabas y dejabas en vilo la sensación de que algo comenzaba, si veías ilusión en los ojos de con quien habías compartido alguna travesura, solías hacer eso de…

...mandarlo a buscar baladas

¿Qué me dices de tus cabreos? Hay más de un acantilado que debería de llevar su nombre, o mejor, pongámosle el nombre de cada uno de tus enojos a cada uno de los botones de tu blusa. Así, los muchachos del barrio no serán lo suficientemente suicidas como para intentar desabrocharlos. Y si de suicidas va la cosa, ya sabrás que el cielo se ha suicidado por enroscarse entre tu piel. Ahora ya tengo una excusa para aprender a volar. De cuando te enfurruñabas se decía que todas las putas y sus esquinas aprovechaban para sonreír, y así evitar que alguien las pudiese comparar con tu sonrisa. A fin de cuentas, te enfurruñabas y al mismo tiempo…

…te olvidabas.

Daría todas mis palabras por no estar cerca de donde estoy, pues estoy bien lejos, y seguiría escribiendo sobre tu sonrisa, pero estoy destrozado; aunque mañana me encantaría verte, creo que estaré entretenido buscándote baladas… duele tanto saber que por mucho que te escriba, de mí, tú ya te olvidaste… 

lunes, 4 de marzo de 2013

VENTANAS ABIERTAS

Recuerdo que le atraían las ventanas abiertas, solía tirarse por ellas. Pero ella ya no está.

A su ausencia respondimos con adicciones, me empecé a dar cuenta cuando aquel yonqui nos llamaba “Hermano” y siempre nos preguntaba por la misma mierda. Debimos saber que no funcionaría cuando ella no echó la vista atrás. Nos debimos de haber dado cuenta antes. La de risas que nos habríamos echado si lo supiera…

Pero ella ya no está.

A las drogas canallas siempre les precedían los nudos de corbata. Era un experto, esta vez consciente, en hacer creer que era un profesional, de los pies a la cartera. Estaba vacía, pero siempre parecía llena. En esta parte del camino siempre nos parábamos a hacerle el amor al desencanto. Fríos decían que acabábamos siendo, aunque aún reservo mis dudas. Ella nos habría ajustado la corbata y bajado la bragueta con tan solo una sonrisa…

Pero ella ya no está.

Viendo que nos hacíamos cómplices de su indiferencia, nos acogíamos a lo que a veces, le despertaba más hambre: al arte. Como artistas, pintábamos, escribíamos en noches de insomnio, parafraseábamos poetas de ultratumba y llevábamos sombrero. Despertamos el interés de algunos pasos con corazón astillado, e incluso nos creímos pasajeros del viento con una vela atada a nuestro sombrero. La de ostias que nos habría dado si nos hubiera visto…

Pero ella ya no está

Creímos olvidar su nombre, nos abrazamos a la desilusión, creamos una parcela donde sólo crecíamos nosotros y un millón de espejos. De candil, el miedo. De compañero, el silencio. Indiferencia como bandera, ¿Cómo lo llaman? ¡Ah, sí!,  pasotismo. ¿Y que recibimos a cambio? Lo mismo, pero más frío.

Asco de ventanas…
Cada vez que veo una abierta, me pregunto:
¿Y si lo que ocurre, es que ella nunca estuvo? 

jueves, 21 de febrero de 2013

VIDEORELATO: "PREFIERO ESTAR SOLO A ESTAR SIN TI"

   Un nuevo videorelato, basado esta vez en un puñado de palabras que escribí hace ya un tiempo. Sobre las  crueldades del ayer, aquí os lo dejo: 


   El relato AQUÍ

jueves, 14 de febrero de 2013

DENTRO DE UNA CHISTERA. CAPÍTULO VI


     - ¡Tio Rodri! – Iván le dio el cálido abrazo que se espera de alguien al que sólo le quedaba esa familia. Notaba a su tío aún más abstraído de como lo recordaba, tenía el pelo más canoso y, como casi todos los que estaban en el campamento, parecía un mendigo con las ropas agujereadas y sucias. A pesar de todo eso no le faltaba nunca la sonrisa despreocupada que le caracterizaba.
- Iván, me alegro de que estés bien, envié a Whisky a buscarte – Dijo señalando a Ron. – y no creí que llegara a encontrarte. Pero mírate, a la trigésimo octava vez, va la vencida, ¿no dicen eso?
    - Pero… Ron, ¿me estabas buscando? – Preguntó desconcertado
    - Si, pero no podía decirte nada, Maese me dijo que no desvelara nada hasta que él no confirmase que eras al que buscaba.- Luego imperó a Rodri que andaba jugando con un par de engranajes – Lo que nunca me dijo es que eras su sobrino, ni tan siquiera que se llamara Rodri.
    - Nada mejor que una guerra y la muerte de todos cuantos conoces para poder cambiar de nombre a tu antojo, además, maese suena más apropiado – Dijo entre risitas sin apartar la vista de los engranajes con los que se entretenía.
   Iván que empezaba a verlo todo más claro, desde la amabilidad de Ron al conocerlo, hasta la coincidencia de que se lo cruzara tan cerca de la casa, terminó por preguntar:
    - ¿Qué más te dijo mi tío de mí? ¿Y por qué yo no estoy afectado por la pulcra?
    - Me convenció de que eras una especie de elegido, y ahora veo que tan solo quería que fuera a rescatar a su querido sobrino… - El ceño de Ron comenzaba a arrugarse a medida que su enfado iba en aumento.
   Maese Rodri sacó al escucharlo una botella de agua medio llena y dijo:
    - Whisky, mira, lo líquido no quita lo transparente – Dio un trago a la botella
    - ¿Qué quiere decir con eso maese?
   Iván aún estaba sorprendido de la amabilidad y el respeto con el que un hombre tan rudo como aparentaba ser Ron, trataba a su tío Rodri, sin contar con eso de llamarlo “Maese”
    - Que sea mi sobrino no quita que sea el único que hayas visto limpio de la pulcra, ¿verdad?  Dejémonos de conversaciones que no nos llevarán a ningún lado, tenemos que prepararnos para cuando llegue Ratón – Miró un reloj de arena diminuto – Si la puntualidad le es tan apropiada como su mote, estará al caer.
  Maese Rodri hizo un gesto para que se sentaran a su lado, y a pesar de parecer reticentes a hacerlo, terminaron por sentarse en el suelo. Luego se dio la vuelta y amontonó cuidadosamente un puñado de tornillos y arandelas que tenía esparcidos a su alrededor. Mientras lo hacía, Iván pudo darse cuenta de que su tío también tenía manchado el antebrazo, él también padecía de la purga. Cuando Maese Rodri se dio cuenta de que miraba su antebrazo le dijo:
    - Yo mismo lo elegí, sabía lo mismo que sabes tú ahora, y aún así decidí permanecer lejos de aquella habitación, sólo fue una malinterpretación de lo que escribió tu abuelo, pero eso es otra historia y ya tenemos a Whisky con los ojos lo suficientemente abiertos como para que encima le sorprendamos con cabos, que por otro lado, aún nadie ha sabido donde atar. – Miró con una sonrisa burlona a Ron, que permanecía impasible, sólo su bigote se movía de vez en cuando, inquieto. – Bien, Iván, te contaré que vamos a hacer ahora, Ratón ya está al tanto de todo lo que te voy a decir, y en cierto modo, será tú guía. – Rodri dio un saltito con el culo y después preguntó ilusionado de sobremanera. – ¿Te importaría si comienzo por el final? – Iván que empezaba a recordar el cómo era su tío, asintió incómodo - ¡Bien! – Luego Maese Rodri se quedo inmóvil, sin articular palabra, completamente en silencio. Ambos oyentes se miraron extrañados y después de unos segundos, Ron, preocupado terminó por preguntarle si estaba bien, Rodri respondió:
    - Claro que estoy bien, sólo empezaba por el final, cuando no haya más que silencio y todos hayamos muerto. – Ahora sí, el impasible Ron se removió incómodo.
    - Tío, ¿podrías saltarte esa parte?
    - Claro, bien, antes de eso alguien sabrá donde atar ciertos cabos que tu abuelo, Iván, se dejó sin explicar. Antes de eso, ese alguien habrá conocido a una orden hacia la que, justo antes, habrá partido para encontrar siguiendo las instrucciones de un ratón al que le falta olfato pero le sobra valor. No sin antes sortear algunos peligros como bostezos de nuestro hogar o un puñado de patas corriendo por dar bocados. – Tío Rodri los miró expectantes, esperando que le aplaudieran. – Os he dejado de piedra, lo sé – Terminó por decir.
   De lo poco que había contado Tío Rodri, lo único a lo que Iván había encontrado algo de similitud con el mundo real era a la orden que mencionó, así que le preguntó a que se refería con ello.
    - La orden, bueno, en realidad no es una orden, al menos no lo es aún, son varias personas que saben de lo ocurrido, saben que provocó la pulcra, la guerra y el odio. Saben que está naciendo a nuestro alrededor y esperaban que esto pasase, algunos incrédulos, otros ciegos por exceso de fe. Sea como sea, son quienes pueden responder al que pasará ahora y porque tú estás limpio. Tal vez, algunos de ellos lo estén también. – Era increíble ver como Rodri era capaz de pasar con tanta rapidez de una conversación coherente a otra totalmente excéntrica.
   Ron, que hasta entonces había permanecido en silencio, terminó por preguntar:
    - ¿A qué se refiere con lo que está naciendo a nuestro alrededor? Hoy en día, poco o nada nace a nuestro alrededor, no hay más que muerte
    - Whisky, estás viviendo el nacimiento de algo sorprendente…
    - ¡Y una mierda! – Le interrumpió Ron - ¡Vaya a contarle sus milongas a las familias que anoche salieron del campamento para enterrar a alguno de los suyos! – Su tono de voz iba creciendo en indignación - ¡¡Dígales que la razón por la que las fosas cada vez tienen que cavarse más profundas es que está naciendo algo sorprendente!! – Ron se levantó y salió de aquel agujero en la roca gruñendo y escupiendo gritos ininteligibles. Rodri no había perdido la sonrisa en ningún momento y a pesar de que lo disimulara muy bien, se podía ver en sus ojos lo afectado que aquellas palabras lo habían dejado.
    - Tío, tengo que preguntarte algo. He leído todo lo que el abuelo dejó escrito y en uno de sus textos llega a la suposición de que todo esto ya ocurrió una vez, de que ya pasamos por esto y cometimos un error, lo enterramos en nuestro pasado y por eso ahora vuelve a ocurrir ¿sabes a que se refería? – Aprovechó que Ron estaba fuera y no estaría escuchando.
    - Supongo que se refería a que le dimos la espalda, a que actuamos por miedo y nos escondimos de aquello que desconocíamos, lo transformamos en leyendas, cuentos para dormir, o para asustar, y en metáforas de cualquier cosa que tuviésemos la impresión de dominar. Eso fue lo que hicimos y lo que ahora debemos de evitar hacer con… - Se escuchó un ruido bajo el suelo y Rodri se dio la vuelta saltando como un resorte. – ¡Ya voy, ya voy! – El ruido, que sonaba como el golpe de unos nudillos contra la madera, se volvió a escuchar. – Rodri apartó el escritorio cojo, arrastró con el pie todos los mecanismos que había amontonados a un lado y dejó ver un tirador. Lo cogió y empujó con fuerza, se abrió una trampilla, y al hacerlo varios diminutos mecanismos rodaron a su interior haciendo gruñir a alguien.
   Bajo la trampilla había unas escaleras que se extendían hasta más abajo. Iván que se había levantado vio como de su interior apareció una joven tosiendo, con el pelo alborotado y unos ojos grandes y curiosos que se clavaron, aún entrecerrados, en él.
    - ¡Listo majadero!, ya he encontrado la salida. – Replicó con una voz chillona y aún entre tosidos. Tenía el pelo corto y moreno, vestía unas ropas de cuero ceñidas a su delgada envergadura y unos guantes recortados. – Pero vosotros seguid a lo vuestro, como si no hubiese entrado nadie de un agujero en el suelo, y tú, cierra la boca o se te acabarán colando tuercas y engranajes. – Se burló de Iván mientras se quitaba uno de los diminutos mecanismos del pelo.
    - Esta es Ratón, será tu guía, y antes de nada… por dónde iba…- Rodri se rascaba la cabeza sin dejar de sonreír tan atontadamente - ¡Ah, sí!... lo que ahora debemos de hacer es evitar actuar como lo hicieron antes, no debemos de temer a lo que escondimos, no debemos temer a la magia – Sonrío más ampliamente.




sábado, 9 de febrero de 2013

VIDEOPOEMA - LA REVOLUCIÓN DE LOS PERDIDOS

  
   La revolución de los perdidos ha llegado hasta tu acera, hasta tu plaza y no se irá de allí hasta convertirse en marea. La sangre de nuestros derechos ha llegado hasta el mármol de nuestros suelos, donde quiera que estés, quien quiera que seas, si estás escuchando estás palabras has de saber que la revolución sin ti es imposible, tú eres sus alas.

   Hemos soportado vacíos tan anchos como creyeron que era nuestra ignorancia, hemos aguantado vilezas, nos hemos creído mentiras que no cabrían ni en la más abierta fé, nos hemos cansado cuando ni tan siquiera hemos empezado. Hemos visto a más de uno y a más de cien echados de su hogar a golpe de talonario y pocos escrúpulos, hemos escuchado noticias de suicidios, gritos desesperados y demás aberraciones sin derecho, ni sentido, ni color… se acabó la época de los minutos de silencio, se acabó el esperar a que todo esto lo arregle el tiempo. Se acabó el levantar muros y fronteras entre tú y tu voz, dejemos atrás el tiempo en el que se nos trataba como el charco donde otros siempre han pisado. Movámonos, volvamos a ser lluvia, volvamos a ser uno como ya lo fueron los que pisaron esta tierra antes. Nos toca a nosotros, se nos ha pasado el testigo para que corramos con él y no nos hemos movido ni un palmo, creo que ni tan siquiera sabemos donde están nuestros pies… pero hoy tenemos la oportunidad de cambiar eso, tenemos la oportunidad de aferrar con fuerza nuestro destino y creer que somos uno más, no uno menos como daban por hecho. Sabed que sólo hay dos lugares donde podemos llevar nuestra revolución: uno son las calles y el otro… eres tú.

   Lo vamos a hacer no por nosotros, no por nuestra libertad, ni por los que lucharon por nuestra democracia, nuestro voto, valores y demás principios… lo vamos a hacer por no caer en el precipicio que sería responder con un “No sé” a la pregunta que seguro nos harán los que vengan, pues nos preguntarán: “Y tú, abuelo, ¿Por qué no hiciste nada para intentar cambiar el mundo?”

   Hago un llamamiento no sólo a vosotros y vuestras fuerzas, hago un llamamiento desde el blanco de este papel al blanco de cualquiera de vuestras pancartas, hago un llamamiento a la poesía, a la pintura, la música, el teatro, el cine y demás artes para que aviven nuestras ganas. Hago un llamamiento a los profesionales dedicados a la palabra para que nos den voz, en televisión, radio o internet, en definitiva, allí donde nuestros gestos no llegan. Hago un llamamiento al viento, para que se lleve estas palabras de silencio en silencio, de indiferencia en indiferencia, de costa a costa, y por donde vaya levante, primero el vello y después a las personas. Por último te hago un llamamiento a ti, al que estás escuchando, a tu corazón: prepara tus latidos porque esta es ¡¡tu revolución!! 

martes, 29 de enero de 2013

VIDEOPOEMA - MANIFIESTO DE UNA VIDA

Os dejo por aquí el primer videopoema, basado en una de las entradas que escribí hace un tiempo: "Manifiesto de una vida" y ya puestos en este pequeño rincón de mí, os invito a que os paséis por mi recién abierto CANAL DE YOUTUBE, bajo el nombre de Kiko Sinclan. Subiré de forma esporádica videopoemas o vídeos similares al que os dejo:

sábado, 19 de enero de 2013

PERROS DE TIZA. CAPÍTULO 8




   Tía Rosa vivía sola, decía que los hombres eran hoy en día tan blandos que no aguantarían a una mujer, con tanto garbo como ella, ni dos mañanas. Iván no sabía que significaba tener garbo, suponía que era como su tía llamaba a sus collejas, que si algo le sobraba era eso, collejas.
   Ella siempre tenía un televisor encendido en la casa para tener con quien discutir. Solía llevar la cara pintada y tenía un moño tan apretado que hacía que pareciese tener las cejas levantadas a todo momento.
   Cuando Iván llegó a casa de su tía sabía cuál sería su recibimiento: dos collejas y una regañina por haber tardado tanto. Se equivocó... fueron tres collejas y regañina y media. Su madre no estaba allí, y eso le dolió más a Iván que todo los “garbos” de su tía juntos.
 Preguntó por ella, pero su tía no sabía nada.
   A la mañana siguiente su madre apareció por allí, decía que volvía a estar sola y tras una conversación en una habitación a puertas cerradas, su hermana la convenció para que se quedara allí unos días. Ni que decir tiene que con tía Rosa cerca, aquel lugar parecía tan inexpugnable como un castillo.
   Iván volvió a ir a clase, estaba acostumbrado a esas idas y venidas pero sus compañeros no, y los que fueron sus amigos, si algún día los tuvo, caducaron con el tiempo, como los yogures. Estaba solo, aunque por la tardes tenía a un nuevo amigo de gruesa barba y perneras arremangadas.
   Estaba deseando escuchar el timbre del colegio para ir corriendo a escuchar la melodía del Arremangado. Después, mientras él se ganaba el pan de algunos días, Iván solía ir al muro donde pasó aquella noche, no sabía cómo, pero las tizas habían aprendido a andorrear por el gris del muro incluso dibujando formas. El primer dibujo, después de unos días y cinco líneas onduladas entrecruzándose, fue un gato, así que él, con las tizas que le iba dando el mendigo, dibujaba y le seguía el juego. Con el paso de los días el gris quedó plagado por sus dibujos.
   Cuando llovía, él se entretenía repasando sus creaciones, e incluso una vez embaucó al Arremangado para que fuera a verlo, y cuando lo vio lo calificó como “un magnífico horizonte”. Él siempre hablaba de forma abstracta, sobre todo de aquello que le importaba: a las palabras las comparaba con las olas de un pirata, a la comida con el viento de una orilla y a su armónica con las alas de cualquier persona que cuando nadie, la veía, echaba a volar. Así que, el que llamara a aquellos dibujos hechos con tanto cariño por Iván y alguna que otra tiza con ansias de aprender a caminar demasiado deprisa, como un magnífico horizonte, era importante para Iván.
   Además, consideraba a aquellos dibujos con los que mantenía una rara pero bonita conversación, la forma de comunicarse con alguien a quien Iván empezaba a considerar parte de su vida. Como nos pasa a todos, la mejor parte de nosotros mismos, son otros. Él tenía esa sensación, tenía la sensación de estar dibujando para su segundo amigo, y nunca olvidó tal emoción.
   Un día, de cielo encapotado y destino caprichoso, Iván salió de casa después de comer, como siempre, perseguido por el eco de la voz de su tía, que aunque dijera algo como “cuídate” o “llévate el abrigo”, parecía una regañina, Iván se fue a visitar al Arremangado, como no estaba en su lugar habitual, se fue directamente al muro, sabía que el viejo mendigo pasaba largo tiempo charlando con la joven librera de la acera de enfrente, así que se fue a dibujar para hacer tiempo. Estuvo un buen y oportuno rato frente al muro. Estaban empezando a caer las primeras gotas de lluvia, así que razón de más para quedarse allí e intentar repasar los dibujos que fueran degradándose.
   Mientras miraba al muro, de espaldas al asfalto de la carretera, una gota tan enorme como un pulgar cayó sobre el ojo del gato del primer dibujo. Iván no esperó a que amainara y por acto reflejo fue a repasar aquel trazo, de no haberlo hecho, se habría girado al ruido del motor del coche donde iban montadas las manos de la chica que pasearon tizas por aquel gris, y habría visto por primera vez a su primera amiga, Daniela.
   Después vino el silencio del muro. Iván estaba acostumbrado a encontrarse un nuevo dibujo cada día, y con el tiempo, al ver que sus dibujos no recibían respuesta, dejó de pintar nada nuevo. Sólo se dedicó a repasar los trazos que iban deteriorándose, y sólo lo hacía durante aquellas tardes que el Arremangado se las pasaba en la librería.
   Cuando le contó al mendigo lo que había ocurrido en el muro, éste le habló de aquel horizonte con el que lo definió la primera vez que lo vio:
            - Iván, ¿te has subido alguna vez a un lugar elevado y has perdido tu vista por entre el horizonte? – Iván, que estaba sentado sobre una de las losas del Arremengado, asintió. – Bien, algunos dicen que está bien lejos, otros dicen que lo ven tan cerca que creen tocarlo. Todo depende de dos cosas: La claridad del día y tus dioptrías – Iván sonrió y siguió escuchándole con atención, el Arremangado hablaba pocas veces y había aprendido a valorarlas. – Bueno, pues ninguno está en lo cierto, el horizonte da igual que esté lejos o esté cerca, lo que importa, lo que hay que tener en cuenta es que siempre está. Siempre, Iván. No hay manera de llegar hasta él, siempre está más allá y si quieres que vuestros dibujos no lleguen a ser efímeros tienes que...
            - ¿Qué es eso de efímero?- Interrumpió Iván
            - ...son como las monedas que caen en mi cesto, tan pronto caen...- cogió unas cuantas del cesto y se las echó al bolsillo-...como tan pronto se van, ¿entiendes? – Él asintió. – Tienes que tener en cuenta que el horizonte de cada uno, define el dónde estamos, si quieres conservar la emoción que un día te provocaron esos dibujos deberías de hacer que tu horizonte no desaparezca, ¿entiendes? – Le guiñó un ojo y acto seguido retomó su melodía a golpe de armónica.
   Iván sabía que el Arremangado quería que siguiera repasando los dibujos para que no desaparecieran, así que eso siguió haciendo.

   Pasó el tiempo y con él, los años. Iván tenía dieciséis cuando empezó a trabajar los fines de semana en un bar cercano. Seguía viviendo con su madre, su tía y su garbo. Seguía visitando al Arremangado y de vez en cuando, como hicieran algunos músicos de la ciudad, se llevaba una guitarra recién comprada y aprendía a tocarla a su lado. Con el tiempo adquirió habilidad y aprendió a enredar entre sus cuerdas pasión y disciplina.
   Los algo más de siete euros que ganara Iván hacía tiempo en una apuesta con el mendigo, los invirtió en un bote de spray, con el primer bote y algunos más que compró con lo que iba ahorrando de su trabajo de camarero, repasó los trazos de su horizonte. Le prometió al Arremangado que gastaría ese dinero en palabras, y aunque fueran dibujos, para él era sólo otra forma de escribir. A las cinco líneas onduladas las transformó en un pentagrama, un pentagrama que sirvió de fondo a la primera canción que aprendió a componer junto con el mendigo, ambos la titularon “Gatos de tiza”.
   La tarde de un domingo nada cualquiera, Iván estaba poniendo cafés en el bar donde trabajaba. Le encantaba aquel lugar, y su jefe era de lo más original, hablaba de poner un tren que le diera la vuelta al bar y sirviera los cafés, Iván no sabía si lo decía por pereza o por creatividad, pero le gustó la idea. Ese día, entró allí alguien que había salido de su vida hacía mucho tiempo. Entró su padre, se sentó en la barra y pidió un cortado. No levantó la vista de sus manos, se había dejado barba y parecía destrozado. No había visto que fue su hijo quien se lo sirvió, aunque Iván sí que se percató de quien era. Se armó de valor, no dejó que le temblara la dignidad ni los recuerdos, anduvo con firmeza y le sirvió lo que había pedido. Luego, con los ojos vidriosos y llenos de rabia le dijo:
            - Papá – El hombre que hoy era la sombra de esa palabra alzó la vista, estaba sorprendido. – Sólo hay dos formas.
            - ¡Hijo!, ¡Iván, cuanto te he echado de menos! – Se levantó del banco donde estaba sentado.
            - ¡Papá!, escúchame – Dijo justo después de echarse hacia atrás esquivando el abrazo que pretendía darle su padre. – Sólo hay dos maneras por las que puedes irte de aquí: Puedes irte sin hacer ruido y sin que mamá vuelva a sufrir, o puedes...
            - ¡O puedo que! – El asombro del rostro de su padre se tornó irá de una forma tan súbita que pareciera que se hubiese caído una careta. – ¿Acaso crees que no sé dónde está tu madre?, ¿¡Qué no puedo ir a reclamar lo que es mío?! – Iván lo miró asustado en un principio, con rabia después y con compasión al final.
            - ¿Lo que es tuyo?, si quieres coger lo que es tuyo coge los moratones, los insultos, los recuerdos que hacen llorar a mamá cada noche, los golpes, las cicatrices y el miedo... ¡Porque eso es lo único que es tuyo!, ¡Eres un pobre diablo y siento lástima por ti!, te juro que la próxima vez que te vea haré lo que  tenía que haber hecho hace tiempo, llamaré a la policía y les contaré todo, así que ¡largo!, ¡largo de aquí! – Con el vocerío salió el jefe de Iván de la cocina. Su padre, al verlo y ver como había cambiado la actitud de su hijo, se lo pensó dos veces antes de abrir la boca, se levantó, y se marchó gruñendo y haciendo aspavientos.

   Entonces Iván sacó lo que llevaba dentro: un puñado de temblores y un suspiro tras otro. Hasta que se quedó vacío de miedo, por fin había acabado con aquel capítulo de su vida. No sabía si volvería a ver a su padre o no, pero aún si lo hiciera, sabría qué hacer. Ahora no estaba solo, había crecido, y no sólo en altura sino también en carácter, palabras y espíritu.

martes, 8 de enero de 2013

EL FINAL FELIZ VIVE A DOS MANZANAS DE TI

   Su abuela fue la primera maquinista de toda Nueva Orleans en descarrilar un ferrocarril, su madre fue profesora de Historia de la Química en la universidad de Priston, la universidad de Limerick, en Irlanda, y por último en la universidad de Oxford, así que ella, hizo lo propio, lo que cualquiera habría hecho para no defraudar la historia familiar: Fue demasiado rápido en la química del amor, tan rápido que descarriló.
   Se llamaba Helen Wane y como casi todas las niñas de su edad, tenía un diario escondido. Al final de cada página siempre escribía las iniciales de un nombre y después un “ojalá y estés pensando en mí”. Siempre la misma frase, las mismas iniciales, en las muy distintas páginas que plagaban el diario.
    Helen devoraba los libros, le encantaba leer sobre cualquier cosa, sobre todo si la historia tenía a un personaje con un atisbo de locura, esos personajes siempre eran sus favoritos. A veces, cuando terminaba y se quedaba con ganas de más, imaginaba como continuaría la vida de sus personajes favoritos más allá del papel, se preguntaba porque la parte en la que eran felices siempre era la más corta, así que en lugar de intentar responder a esa pregunta, ella misma, a base de imaginación y otras veces a base de papel y lápiz, se encargaba de alargar esa parte.
   Un día, cuando el otoño ya estaba a punto de sucumbir al invierno y caía la noche, ella se armó de coraje, había estado pensando en que haría y lo hizo. Después de decirle a su padre lo que había decidido, se fue de casa corriendo con los gritos de él tras de sí. Se perdió por las calles de la ciudad hasta que llegó a la casa de su mejor amiga, quería contárselo a alguien y quien mejor que ella para hacerlo.
   Su amiga tenía una fea costumbre, solía mirar embobada el cristal de su habitación cuando empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, lo hacía hasta olvidarse de sus quehaceres, y eso, en su pequeño rinconcito del mundo, era muy habitual. Un día mientras miraba embobada, su mejor amiga la llamó desde fuera. Era Helen, que traía el pelo empapado, las botas llenas de barro y un secreto que contar en los ojos. Salió y fueron a un parque cercano, escondidas dentro de uno de esos columpios con forma de tubo, Helen le contó lo mucho que le había costado decidirse, pero que ahí estaba, dispuesta a contarle lo que sentía por alguien a quien conocían.
   Le contó que creía escuchar un piano tras una tormenta cuando esa persona la miraba, que, a veces, cuando estaba a solas con esa persona le temblaban las rodillas, pero no hacia los lados como negándolo todo, sino que le temblaban de arriba abajo, convenciéndola de que era la persona correcta. También que le encantaban sus manos, que cada vez que las veía creía estar frente a un lago en calma, y otras en el centro de un huracán, pero no de viento, sino de aventuras. Al final le confesó que creía estar enamorada, que llevaba días sin apenas comer ni dormir, que no hacía más que darle vueltas a la cabeza y que tenía que contárselo a alguien, así que por eso estaba allí.
   Luego, cuando su respiración estuvo menos agitada y entre una de esas sonrisas cargadas de picaresca, le contó cómo se lo había dicho todo a su padre. Le había dicho que estaba cansada de que el final, en las historias, siempre llegase después de un montón de problemas, y que ella no quería eso, los consideraba problemas inútiles, sobre todo cuando sabes que el final feliz vive a dos manzanas de ti, le intentó explicar cuando se marchó. Pero su padre, como había imaginado, no estaba para escuchar sandeces de una adolescente, él ya tenía sus propios problemas que resolver, la mayoría de ellos encerrados en facturas u otros papeles tanto o más aburridos.
   - También he traído esto – Dijo sacando el diario de debajo de la camiseta, quería enseñarle lo mucho que había escrito, pero primero le enseñó la portada: Era un dibujo bastante simple de ella con un lápiz gigante que simulaba dibujarle palabras a la altura del corazón. Mientras le explicaba como lo había hecho su padre asomó por uno de los lados del tubo y la agarró del brazo. A Helen no se le cayó en ese momento el diario... ella lo dejó caer.

    Se la llevó de allí arrastras y gritándole. Su amiga no sabía qué hacer, esperaba que la bronca no fuera tan grande y que al día siguiente, en el instituto, le pudiese devolver el diario.
   Helen podría haber vuelto a casa sin problemas si su padre no hubiese estado cabreado, si sus gritos no hubiesen llamado tanto la atención o si, aunque hubiese sido por un segundo, la pistola del atracador que los detuvo de camino a casa, se hubiese quedado encasquillada. Pero no lo hizo; sus cuerpos yacieron en el adoquinado, su sangre contaminó el agua y sus muertes apagaron la noche.

   Sarah Wheeler, la amiga de Helen, nunca pudo devolverle el diario y al enterarse de lo ocurrido, juró no invadir su intimidad y no lo leyó. Nunca supo que fueron sus iniciales las que descansaban al final de cada página, ni tampoco nunca se admitió a sí misma lo mucho que le temblaron las rodillas a Helen aquella noche. 

domingo, 6 de enero de 2013

SE PODÍA VOLAR

   Las calles claman silencio. Están de luto. No saben por qué, pero hay vidas que se van sin haber cantado sobre su asfalto. Sin ni tan siquiera haber hecho ruido.

   Justo acabó el minuto de silencio que los caminos han guardado en honor a las víctimas, a las víctimas de tanto engaño, porque es una mentira creer que estás caminando por el mero hecho de estar dando pasos.

   El viento lleva callado en una esquina del mundo, mudo y sin amigos, más de cien años, ¿por qué nadie lo ve?, no, porque nadie lo siente.

   El firmamento ya no enciende más faroles mientras haya uno de nosotros con vida, ha decidido no obligar a ninguna estrella más a ver nuestra particular batalla.

   Qué decir de la luz en las miradas, se cayó al suelo porque creyó tener todas las preguntas respondidas, y los sueños, que la sujetaban a la altura de nuestra vista, flotando y tirando de ella, como decenas de globos de helio, fueron explotando a golpe de madurez, telediario y olvido.

   Más de una flor ha abdicado y se ha abandonado a la primavera, que dicen que ya no hay nadie que las huela y que cuando nos acercamos a ellas es para cortarles la cabeza.

   El Sol y la Luna, los dos testigos protegidos por la distancia y que, por tener forma de esfera, no nos dimos cuenta, pero hace siglos que nos dieron la espalda.

   Las gotas de rocío, siempre las primeras en levantarse, andan buscando nubes en el cielo para evitar salir mañana.

   El amor, que decir de él, que poeta podría hablar de amor sin después lavarse las manos, las palabras y el pincel. El pincel, si, porque del amor no se habla, se pinta. Y poco puedo decir, más que anda por ahí, bajo algún balcón, en alguna esquina o reposando en alguna abadía. Harto de que lo utilicen en riñas, debates y canciones vacías. Le falta el oxígeno y apunto está de ahogarse, pues respira ilusión, y se atraganta con cada desprecio o cobardía.

   Con todo ese puñado de ausencias, y algunas más que no levantaron la mano cuando la vida pasó lista, nos hemos quedado. ¿Solos? No, solos no, aún nos queda lo que nos hemos empeñado en conservar, cosas tales como el dinero, el odio, la envidia, la hipocresía, el miedo y algunas más.

   Hay quien desde debajo de un montón de notas musicales y llevado por la tristeza, o quién sabe si la nostalgia, se encarga noche a noche, palabra a palabra, a recordar que hubo un día en este mundo en el que se podía respirar, suspirar e incluso llorar sin velos o distancias. Hubo una vez donde en toda esta tierra que la hemos hecho yerma, se podía volar.

   Quien haga caso a este u a otro loco que con alguna de las artes os saque del ensimismamiento durante un insomnio o dos, no encontrará más que decepción y esperanza, de él dependerá que emoción le dé abrigo en las próximas noches. Sólo he de terminar diciendo, que sea lo que sea que elijan, sepan que dicen por ahí, que en esta era, es a los buenos a los que les toca defenderse... y que, aunque ya no importe, sepan que sólo los niños, alzando sus brazos, podrán echar este mundo a volar.



sábado, 29 de diciembre de 2012

DENTRO DE UNA CHISTERA. CAPÍTULO V


     Le contó casi todo. Al principio le fue difícil, no sólo porque hasta entonces no se lo había contado a nadie, sino también porque llevaba algo más de dos años sin apenas hablar, y al escuchar su propia voz, le pareció raro, creía que estaba hablando demasiado y se detenía de tanto en tanto.
   Le mencionó que había estado viviendo en una especie de sótano, subsistiendo con la comida que su familia había almacenado y entretenido con montones de libros e instrumentos de música. Le contó que había pensado hasta en quitarse la vida, que no tuvo noción alguna de cuando era de día y cuando de noche, que tenía que hacer sus necesidades en un agujero que el mismo excavó, que no sabría si aún quedaba alguien con vida en el exterior y que dormía en una cama hecha de montones de hojas, mil veces rotas, de libros desde la Ilíada hasta el Teeteto. Se lo contó todo excepto lo referente a su tío Rodri, aquel planeta en miniatura que aún hoy estaría girando y aquel delicado asunto que hacía referencia a que creía saber qué había pasado en el mundo. Para contar todo eso esperaba a la persona adecuada.  
   Ron no había levantado la vista del fuego, había permanecido sentado al otro lado de la hoguera, jugueteando con un fino palo entre las llamas y con gesto cansado. Sólo su ancho bigote se había movido de vez en cuando, como quien olfatea el viento. Hasta que rompió su silencio con un leve: - Es imposible.
   Luego levantó la vista y siguió diciendo:
            - Entonces, no sabrás lo que es la pulcra ni que ocurrió desde entonces, ¿verdad?
            - No
            - Bien, te lo contaré por el camino, tenemos que ir a ver a alguien que nos dirá que hacer contigo. – Respiró hondo, se atusó el bigote y comenzó a recoger sus cosas.
            - ¿Ahora, de noche? – Preguntó Iván que se había levantado también
            - ¿Te da miedo la oscuridad, hijo? Tenemos que ir cuanto antes, de noche hay menos vigilancia en el campamento, podrás pasar más desapercibido. Tenemos que ir a ver a alguien allí, alguien que un día me hablo de vosotros
            - ¿Nosotros?, espera Ron, por qué tendría que esconderme de nadie, ¿acaso no estamos todos en el mismo bando?
            - Hijo, escúchame, ya no hay bandos, ya no queda nadie con ganas de coger un arma o asir el mástil de una bandera, por lo que yo sé, ya no hay regiones ni intereses que defender, porque ya no hay nada que ganar, ni que perder – Escupió a un lado.
            - ¿A qué te refieres?
            - A la pulcra hijo, a la pulcra, todos moriremos en unos días, semanas o meses. ¡Todos! - lanzó el palo con el que estaba jugando tan lejos como pudo
            - No puede ser – susurró Iván. – Es imposible... ¿todos estáis infectados con esa... con la pulcra? es imposible.
            - ¡No es imposible, lo imposible es que haya alguien que no esté manchado! ¡¿Cómo crees que reaccionará la gente del campamento cuando sepa que habrá uno que sobrevivirá a todos ellos, cuando sepan que hay uno que si que tiene algo que perder?! – Suspiró y sin quitar sus ojos de los de su compañero de hoguera dijo: - Iván, llevamos casi un año sabiendo que será el último, el mismo año que llevamos enterrando a nuestros familiares y amigos, a todos aquellos que sobrevivieron a una guerra para luego morir a causa de algo que aún no sabemos que es, y según las pocas noticias que nos llegan del exterior, está ocurriendo lo mismo en todos aquellos reductos de supervivientes. Incluso algunos dicen que está ocurriendo lo mismo en todo el mundo. Hijo, nos hemos rendido, hemos aceptado la muerte y ahora... tememos a la vida. – Tenía los ojos clavados en él – Eso es precisamente lo que tú representarías en el campamento si todos supieran la verdad, representarías la vida. Y ya sabes lo que hace la gente con aquello que teme.
- Pero... – estaba desconcertado, había escuchado aquello como quien abre y lee un libro de historia por primera vez
- Sé por lo que has pasado, sé que esto puede parecerte raro, pero tienes que confiar en mí. Vamos, no encontrarás a nadie en este mundo con un trago de ron en el bolsillo y dispuesto a echarte una mano. Si encontramos una solución, tal vez, hasta te deje saborear unas gotas.
   Recogieron sus cosas y apagaron el fuego, cuando estaban a punto de montar en la moto, Iván dijo:
            - Ron, dijiste que en el campamento la gente sería peligrosa si se enterase de que no estoy manchado, dime, ¿por qué tú querrías ayudarme?
            - Porque parece ser que soy el único consciente de que aún está vivo, y de que si algo nos ha enseñado todo esta mierda, es que la vida es la única herramienta que tenemos para cambiar este podrido mundo. Además, sacaré algo de todo esto, me lo dice el bigote. – Meneó el bigote y arrancó la moto. Ambos se pusieron rumbo al campamento.

   Desde la parte de atrás de la moto de Ron, de noche y preocupado de no caerse en uno de los baches que sorteaban o pasaban por encima, poco podía ver Iván. Aún así creyó saber que se adentraban en la ciudad. Se preguntaba dónde estaba el campamento si no había logrado verlo desde lo alto de la colina.
   Pararon cerca de varios montones de escombro, siguieron a pie, pasaron por el umbral donde antes debería haber habido una puerta y entraron en lo que antes sería un gran salón, ahora sin techo. En el centro había unas anchas escaleras que descendían bajo tierra.
   Iván sintió aquel descenso como una vuelta a lo que fue su hogar durante los últimos años, aunque este pasadizo era mucho más ancho, también se le antojaba más frío. Ron le contó que antes aquello era un parking y que durante el bombardeo, aquella zona subterránea había conectado con parte del metro de la ciudad. Allí fue donde se refugiaron los primeros supervivientes y después de que pasara todo, la mayoría acudieron al calor de aquel lugar.
   Ron llevaba razón cuando dijo que apenas habría vigilancia, si a dos hombres durmiendo cerca de la entrada se les podría llamar de tal forma. Dentro del campamento la gente se agrupaba en torno a un pequeño bidón o un montón de piedras donde quedaban aún los restos del último fuego, la mayoría dormían, aunque el ambiente estaba cargado del susurro de los pocos que aún despiertos, rezaban o conversaban entre ellos. Sus rostros estaban demacrados, al abrigo de ropas llenas de parches y arrugas, algunos, exhibiendo una extrema delgadez y palidez.
   Era a pocos a los que Ron saludaba mientras se adentraban en aquel lugar, y si lo hacía, se limitaba a hacer un gesto con la cabeza, rara era la vez en que alguien levantaba la vista del suelo o decía hola. “Hasta las palabras se ha llevado la guerra”, pensó Iván.
   El techo del campamento estaba agujereado, parecía un colador, dejando que se filtrase hasta allí la poca luz de la noche.
   Siguieron su camino hasta llegar a un pequeño rincón custodiado por dos chapas y una columna de piedra que aún se mantenía en pie. Dentro Ron tenía sus cosas: un par de mantas gruesas, unas gafas, una pequeña montaña de libros, una guitarra, unas botellas de agua y otra de combustible, se veía a simple vista. Cogió su mochila, la cargó con algunos libros, una botella de agua y una manta. Luego cogió la guitarra y le dijo a Iván que le siguiera. La persona con la que iban a hablar estaba en una de las bocas de metro con las que conectaba el parking.
   Por el camino, Ron fue preparando a Iván. En unas tres frases, repitió la palabra loco seis veces para describir a la persona que iban a visitar. Luego fue comentándole algunas anécdotas: - Dicen que durante lo guerra lo encontraron en medio de la calle pintando un cuadro. En otra ocasión, logró convencer a unos cuantos ingenuos de que silbando una melodía en concreto, desaparecería la pulcra. Lo peor no fue que los tuviera silbando durante tres días, sino que tenían que hacerlo mientras bailaban una estúpida danza que él mismo se inventó. Cuando se dieron cuenta de que les estaba tomando el pelo, casi lo matan. Desde entonces ese loco vive alejado del resto.
   Justo antes de entrar en la boca de metro, uno de los hombres, apoyado en la roca, levantó la vista y les sorprendió diciendo:
            - Charlatán, embustero y escurridizo Ron, ¿dónde crees que vas con esa maravilla? – Le dijo señalándole la guitarra que llevaba encima. – Se te olvidan rápidamente las apuestas cuando eres tú el que pierde ¿verdad? – Mientras hablaba, se acercaba a ellos. Su voz parecía salir de una caverna y era tan grande como un armario.
            - ¿¡Encontraste combustible?! ¿Dónde?
            - Me dijiste que no habría combustible en todos los alrededores y aquí lo tienes - Le tendió una garrafa medio llena – Aunque no me preguntes donde lo encontré, eso no formaba parte del trato, embustero. Llevo buscándote todo el día, parece que sabías que lo encontraría
            - No, sólo es que... – Miró a Iván – Iba a enseñarle unos acordes al hijo del constructor.
            - La guitarra es mía, y lo sabes, ¿o acaso eres un embustero sin honor?
            - Aunque la mayoría de los embusteros vendemos nuestro honor caro, el mío aún está en venta, y en mi poder. Te daré la guitarra cuando acabe con él. Hasta entonces, adiós, Sumo – Hizo un aspaviento quitándole importancia a todo lo que había pasado y se dispuso a irse.
            - ¡Ron!, procura que sea antes del amanecer o te buscaré yo y... estos dos – Alzó los puños apretados.
           
   Cuando ya se habían alejado un poco, Ron le contó al, aún acongojado, Iván, que no tenía por qué preocuparse, ese era Sumo, el hombre más grande y estúpido del campamento, pero inofensivo. Lo raro, era donde habría encontrado combustible, se preguntaba. Luego le contó que le había hablado del Constructor porque era un obrero que vivía al otro lado del campamento, del que Sumo había oído hablar de boca de Ron, pero nunca había llegado a conocer. Menos aún a su nuevo hijo Iván, dijo dándoles unos golpecitos en la espalda.
   Estuvieron andando un rato más, esquivando cascos rotos y serpenteando una boca de metro que giraba a uno y otro lado.
- Ya hemos llegado – Avisó cuando vieron un montón de adoquines apilados a un lado de las vías.
   Allí tras una montaña de adoquines parecía que estaban los restos de uno de esos bazares donde los artilugios estaban tan apilados que era difícil avanzar sin tirar nada al suelo. Había de todo: alfombras, ropas, figuras de porcelana, jarrones, algunos rotos, candelabros, libros, muchos libros... Al fondo, en un agujero excavado en la pared del túnel del metro, había un escritorio bastante cojo de su lado izquierdo, con un montón de pequeños mecanismos esparcidos a ese lado del suelo, y otros tantos sobre él. Había tuercas, tornillos, engranajes, arandelas, hilo de cobre, esferas de cristal e incluso un carrete de pesca. Por último, en el suelo, sentado alrededor de un mar de hojas y libros abiertos, lleno de hollín y polvo, con el pelo blanco y desaliñado, enmarcado en una sonrisa infantil y con un par de engranajes con cristales, por lentes, estaba el tío Rodri.