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jueves, 16 de mayo de 2019

LA REBELIÓN DEL AGUA



Salimos de Oporto antes de que saliera el sol. Es un tren de los antiguos, cruje como una mecedora vieja en cada curva y el óxido trepa por su carrocería como la hiedra por un tronco. Nuestro ataúd metálico está dividido por celdas de segunda y de tercera clase, como si una muerte pendenciera y con guadaña de cartón fuera quien hubiese expedido los billetes.

El viaje exige estar distraído, en un entorno así, ocuparte de los detalles es fatídico y sólo genera como consecuencias náuseas y mareos propios de viajar a bordo de un anacrónico galeón. Al poco de estar allí me percaté de que el tren abusaba de sus pocas virtudes: ocultaba su fealdad original con un número abrumador de visitas al vagón por parte de las azafatas. La mayoría viudas, supervivientes del día del levantamiento popular.

El traqueteo de aquella máquina recorre las ciudades sin remordimientos y ensucia el silencio de sus estaciones con el garbo y el orgullo de un fundador de cofradía. En cada fatídico vagón hay lo que parecen ser celdas y cada una de ellas tiene capacidad para unos cuatro pasajeros, aunque raro era que hubiera menos de seis. El desahogo se encuentra en un lateral, allí una ventana nos muestra un mundo sobrecargado de modernismos y mecanismos de seguridad.

Es la tercera vez que cojo el mismo tren. En la primera ocasión, unos años antes de que empezaran las revueltas, viajaba custodiado por dos imponentes hombres, uno de ellos mi padre, el otro, un consejero militar cuyas extremidades podían considerarse la prolongación de un arma fatídica. Por aquel entonces huíamos y mirar atrás, aunque solo fuera para manifestar preocupación o desasosiego, se penaba con la mirada punitiva de aquellos dos hombres. Para mí era la primera vez que viajaba, o al menos lo cuento como el primer viaje que recuerdo, también conocí entonces los golpes que podían asestar en el rostro de aquellos hombres impermeables palabras como levantamiento, guerra, revueltas o revolución.
Recuerdo a aquel resumen de fatalidad hablar de callejones sin salida, de actuar sin remordimientos, de ser rápidos y certeros... y como si mi padre fuera una rapaz que hubiera visto a un despistado conejo al otro lado de aquella ventana, lo recuerdo perdiendo su vista y su atención en los paisajes que atravesábamos. En mi memoria tomaba la cabeza de mi padre formas como esa, la de un águila con pico curvo; me costaba cincelar su recuerdo hasta darle forma paterna. En sus fotos no lo reconocía y en mi memoria no lo encontraba. 

Por aquel entonces todavía había huecos en las vías para presenciar vívidas panorámicas verdosas y el tren gozaba de una juventud ejemplar, sus celdas eran estancias y sus ataúdes eran lujosos vagones cuyos crujidos eran el orgullo de una nación que presumía de aceros, sobre todo si eran inoxidables.

Al paso por una ciudad cargada de industrias, el consejero militar aprovechó para jugar una de sus cartas. Abrió un maletín que había estado custodiando con mucho recelo, creo que en parte porque mis ojos de niño no se apartaban de aquellos broches plateados con los que deseaba trastear y, de dentro, extrajo unos documentos manchados con flechas rojas y mapas en miniatura surcados por miles de líneas, cruces y otros símbolos. Eran los mapas del tesoro, cada uno de ellos ocultaba la riqueza de una flota de oscuros bucaneros. Mi padre sólo tendría que firmar donde las flechas rojas señalaban para que un montón de nuestros compatriotas fueran allí a desenterrar aquellas maravillas. Entendí entonces la importancia del maletín y empecé a observar a aquel hombre como si fuera un intrépido aventurero capaz de haber perseguido a los piratas más peligrosos de nuestro océano. Iríamos en busca del tesoro y lo haríamos en ese tren. Imaginaba a mi padre ordenando construir una vía que surcara la superficie del océano y nos llevara directos a las islas que aparecían en aquel mapa. No existía el riesgo o al menos se me antojaba asumible, mis ensoñaciones se sucedían a la velocidad a la que corre el agua río abajo. Recuerdo mi niñez así, como el curso de un río encabritado.

Ahora no puedo más que negar con la cabeza. Viajo rodeado de granjeros con una mirada lúcida cargada de temores. Algunos incluso van abrazados a sus herramientas del campo o a una sucia jaula artesanal con varias gallinas dentro, tan hacinadas que podrían ser dos o media docena.

Me pregunto si me habrán reconocido, si esperan el momento oportuno para inclinarse o para lincharme. O tal vez, mi rostro es ahora para ellos un borrón incorregible, alguien que no merece la pena odiar, alguien al que no quedan fuerzas ni razones para amar. Alguien como un padre distante.

Entra una azafata y pregunta por nuestra sed, agita una pequeña botella, sonríe placenteramente y bromea asegurando que es la misma agua que bebe la reina. Nadie compra el agua, ni los chicles ni los analgésicos que anuncia la azafata. Este no es un tren donde se compre nada, todos los saben, incluso las azafatas, pero ellas siguen en su empeño, condenadas a sonreír.

Una de las azadas de los campesinos refleja ahora los rayos de sol que salen despedidos a la otra punta de aquella celda. La hoja está impoluta, busca a quien lo contrate, pero hace tiempo que esta no es tierra de oportunidades, tal vez por eso viaje en este tren. Recuerdo cuando las azadas fueron arma intimidatoria, símbolo de nuestra revolución. En uno de esos convulsos días, justo cuando estaba a punto de coger este tren por segunda vez, la gente demostró aquel arado por cultivar que llevaba dentro y, en un acto de fe y osadía, salió a la calle a arroparnos, gritaban los eslóganes que habíamos estado gestando hacía tan solo unos días, y hacían suyas nuestras ideas. Que no eran nuestras, que no eran suyas, pero ahí estaban, flotando una vez más a nuestro alrededor, convirtiéndonos en un digno animal. Lucharían hasta el final. ¿Conocía yo el riesgo? ¿era consciente de que sus gritos y, sobretodo, su silencio, me acompañarían no ya en aquel viaje, sino también en todos los demás?

Ella estaba a mi lado. Viajábamos escoltados, con todos los galones acuestas, habíamos gritado tantas veces aquello sobre la anarquía, los nuevos frentes, la soberanía popular; habíamos levantado el puño en tantas ocasiones que empezaba a perder su significado transgresor. Si no hubiese sido por sus embestidas, yo no habría logrado nada. Ella era dulce y tranquila en la lejanía, o así lo parecía, pero cuando te acercabas a sus bordes empequeñecías al convertirte en flaco testigo de sus olas que rompían con cada eslogan, con cada consejo militar, con cada estrategia publicitaria; ella era el mar y, con su apoyo y su vigoroso abrazo, yo también sentía serlo.

Empezamos por cambiar las palabras que definían todo lo que consideramos enemigo, que era mucho y a veces descabellado, incluimos también nuevos términos que nos definiesen, cargados de significado. Lo siguiente fue usar ese nuevo vocabulario para acercar merecidas utopías. Hablábamos de nosotros, siempre de nosotros, aunque decíamos ser simple vehículo de un cambio que no sería solo nuestro. Nos lo creíamos, he de decir que estábamos embriagados, ella no habría dudado en lanzarse a las vías del tren por la causa, y yo lo habría hecho también, por salvarla.

Fue maravilloso sentirse protagonista de un movimiento nacional, germen también en otros países. La gente parecía unida, éramos por fin un conjunto sin excluidos. Nunca nos imaginamos lo que estaba por llegar. ¿Era eso cierto? ¿acaso no me sentía ya cómplice antes de que cayera el primer muerto? De repente pasamos de ser merecedores de la utopía que defendíamos, a ser demandantes de la misma. Las gentes empezaron a usar aquellos términos con los que designábamos a nuestro enemigo para blandirlos como arma y, no hartos con ello, corrieron a donde escondían las viejas armas y las usaron en su contra, porque sólo en su contra podían usarlas, como siempre ha pasado con las guerras. Sólo que ésta no era una guerra con banderas ni bandos, era una guerra entre instintos e ideales. Sobra decir que ganaron los primeros.

Ella y yo fuimos capitanes generales de una guerra que no buscamos, nosotros apretamos cada gatillo y nosotros caímos derribados con cada disparo. Todo ello, mientras descansábamos en la comodidad de nuestro salón. ¿Pensaba en mi padre, en su reconocimiento? No, a él lo imaginaba mirando por la ventana, distraído. ¿Pensaría él, durante mi primer viaje, en los muertos que provocaría aquel niño que iba a su lado, sangre de su sangre? ¿Se sentiría él también cómplice?

En el día del levantamiento popular, millones salieron a las calles, miles nunca regresarían. Cantamos y bailamos celebrando la vida, celebrando la victoria de la unión frente al oscurantismo y la desinformación previa. Después, a medida que avanzaba el día, empezaron a cambiar los protagonistas de las plazas y avenidas, donde antes había un artista recitando ahora había alguien alentando al uso de la fuerza. El inteligente y justo era sustituido por el oportunista. ¿Quién fue el primero en apretar la mano y asestar el primer golpe? ¿quién? ¿fui yo?

Justo antes de que prohibiésemos la prensa me marché. Habían pasado meses tras el día del levantamiento y ella parecía seguir viviendo aquella noche, cada mensaje que lanzaba era más enérgico y colérico que el anterior. La gente se rindió o se escondió, pero ella parecía seguir allí, en la calle, enfrentada al mundo.

La azafata vuelve a entrar, esta vez ofreciendo seguros de vida gratis con la compra de un variopinto popurrí de medicamentos. Nadie alzó la vista, sólo las gallinas con sus alas engarrotadas huían al otro lado de la jaula cuando la puerta se abría. El tren frenó bruscamente, avisando de los achaques propios de su mecanismo. Las puertas se abrieron y los pobres salieron sin ninguna prisa. Habíamos llegado. ¿Adónde? ¿Era necesario bajar del tren de mis recuerdos? ¿Volvería a subir?

Un viejo bajó del tren ¿era yo? estaba en calma y repleto de historias como si fueran afluentes que desembocaban bajo su piel. Era un lago, un lago que sin ella vivía la dictadura de la sequía.

lunes, 12 de diciembre de 2016

SECRETOS

        Resulta que, revisando mis primeros relatos me encuentro con que están atiborrados de puntos suspensivos. Constantemente. Siempre los usaba en momentos de tensión. Me veo ahora obligado a preguntarme qué había tras esos puntos, qué ocultaba repetidamente y qué me negaba a escribir, a hacer explícito.
        También recuerdo la sensación de saber mucho más de lo que ahora leo en mis escritos. En algunos momentos ―depende del relato― es obvio, y se puede deducir, pero en otros se me antoja imposible averiguarlo. Y ahora, está perdido, para siempre. Es un secreto que quedará reservado para quien sepa interpretarlo y para mi "yo" adolescente.
        Me pregunto cuántos secretos más nos hemos empeñado tanto en ocultar que hasta nosotros hemos acabado por perderles el rastro. ¿No es esa la verdadera función de un secreto? ¿o es acaso el de revelarlo en el momento apropiado? Sé que buscamos por naturaleza una verdad universal, o al menos una que nos valga. Pero, ¿y si ningún secreto fuera revelado? Si fuéramos tan estrictos moralmente que nos fuera imposible irnos de la lengua. ¿No quedarían entonces tantísimas confesiones de amor, o de lo que sea, en el olvido?, ¿no quedaría la verdad coja y a oscuras?
        Porque seamos sinceros, el primer amor, y tal vez el resto también, empieza siempre siendo un secreto. Se viste el amor de secretismo y el vestido le queda que ni pintado.
Nunca confesarlo,
nunca delatarnos o gritarlo
sería tan cobarde y miserable…
Y no me refiero a las palabras,
hay tantas confesiones
que serían maltratadas por las palabras,
tantas…
Siento que de no decir nunca lo más profundo,
de no sincerarnos,
nos instalaríamos allí,
echaríamos raíces en esa profundidad,
crecería la oscuridad propia de sus entrañas,
y después…
Me imagino,
de no incumplir los más bajos secretos,
vivir enmascarado de por vida,
acariciando los suaves pliegues de mi disfraz,
sirviéndome de él para reírme de los demás
y correr ocultando mi identidad,
gozando de mi farsa la usaría para…
También,
viviría preso de mis secretos,
atorment…
Yo,
por si fuera ese el caso
querría decirte que
te quier…
…

miércoles, 4 de noviembre de 2015

DENTRO

Imagen original de Elifkaracok

            Tocaron a la puerta.
            Daniela siempre se sentía ansiosa cuando alguien tocaba a la puerta, sufría la necesidad imperiosa de abrir al instante y lanzarse al otro lado, desobedeciendo así la última orden que le había dado su madre. Después, inevitablemente, se sentía culpable por el mero hecho de pensar en aprovechar la excusa perfecta para salir de casa. Sabía que le empezarían a sudar las manos y a secarse su garganta, así que, con un movimiento mecánico, sacó la botella de agua que siempre llevaba consigo en una pequeña riñonera, junto a la medicación escrupulosamente dividida, y bebió un largo trago. Tras ello agitó las manos haciendo violentos aspavientos y después se dirigió al pasillo.
            Volvieron a estrellarse los nudillos en la madera de la puerta de su casa.
            Daniela se dio la vuelta bruscamente, se había percatado que había acelerado sus pasos y de seguir así, no podría evitar salir por la puerta cuando la abriese. Tenía que evitarlo, habría hecho cualquier cosa menos desobedecer la última orden de su madre. Pasó entonces sus manos por el papel pintado de las paredes del pasillo, su tacto le tranquilizaba, aunque esta vez no funcionó como esperaba: recordó que justo hace unos días, había olvidado almorzar y tomarse la medicación correspondiente por haberse obstinado en contar todas las estrías que recorrían el papel, viejo y arrugado, de la pared de su dormitorio. Al principio lo creyó tarea fácil, pero luego, en su mente, el número de estrías pasaban a diferenciarse entre las más delgadas y las más gruesas, las rectas y las irregulares y finalmente, solapando las anteriores clasificaciones, entre aquellas que se marcaban individuales, y aquellas que después se unían a una más grande, como si del afluente de un río se tratase. «Como el afluente de un río», recordó maravillada la comparación.
            Casi había olvidado que había alguien al otro lado de la puerta cuando volvió a llamar por tercera vez, en esta ocasión sonó el timbre.
            Un ramalazo de miedo recorrió la espina dorsal de Daniela. Se apresuró a andar hacia la puerta sin separar una de sus manos de la irregular pared del pasillo. Estaba justo al lado de la puerta de madera, podía oler el aroma ocre y amargo de quien había al otro lado, su sudor se mezclaba con el aroma del café y el resto de alimentos que ella misma había encargado hacía unas horas. Sabía quién era y sabía que tenía que hacer. Lo que le preocupaba era evitar lo que no debía de hacer.
El color y el brillo de las cosas que había al otro lado la embriagaban en sus sueños, pasaría todo el día asomada a la ventana de no ser porque aquello le provocaba la terrible necesidad de cruzar la puerta, y eso, a pesar del tiempo que llevaba sin escuchar la voz de su madre, era totalmente inadmisible. Agitó su cabeza y centrándose en el olor que llegaba del otro lado, abrió la puerta.
            Vio a un hombre custodiado por dos bolsas de la compra apoyadas en el suelo, se erguía entorpeciendo el paisaje que protagonizaban las hojas del otoño alfombrando la calle.
Los alimentos que desbordaban las dos grandes bolsas serían el entretenimiento de Daniela cuando ésta cerrara la puerta, pero hasta entonces, y mientras acercaba el dinero que guardaba en su riñonera al encargado de traerle la compra, Daniela rezaba por que la cuenta fuera imposible y tardara en devolverle el cambio el máximo tiempo posible.
La luz del atardecer se vertía de forma caprichosa sobre cada uno de las ramas semidesnudas de los árboles de su barrio, el aroma que antes la había embriagado ahora quedaba enmascarado por el de la tierra mojada y las hojas secas. Los pájaros cantaban distraídos y aquel hombre empezaba a dilucidar con exactitud las monedas que le devolvería. Más de media docena de otoños llevaba Daniela en casa, a la espera. Entonces aquel hombre alargó su fornido brazo para devolverle lo que era suyo y ella lo odió por hacerlo. Inevitablemente lo cogió, se lo guardó en la riñonera, asió las bolsas, y respirando hondo y con los ojos cerrados, se despidió de aquella escena. Después cerró la puerta.

            Desconsolada por la brevedad de su encuentro con todo lo que había dentro de la puerta de su casa, se prometió volver allí a la tarde. Una vez más golpearía sus nudillos contra la puerta, llamaría al otro lado con la esperanza de que alguien la invitase a pasar y por fin pudiese disfrutar de todas las cosas que había allí dentro, y de las que sólo llegaban a su hogar su tímido reflejo o un vulgar eco. “No entres a ningún sitio sin antes tocar a la puerta, pedir permiso, y que te dejen entrar”, recordaba Daniela las palabras de su madre con la espalda apoyada en la puerta por la que nadie la había invitado a pasar. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

HABLANDO DE LOS MÍOS

   Escribo a lo irreemplazable. A lo que un día yo mismo en confabulación con el tiempo, me arrebaté.
   Diría que hay noches, como las de hoy, en las que el sueño trae aires de infancia y juventud. Aires frescos. Pero mentiría si dijera que el vacío al que me veo asomado al despertar fuera por eso. Es, y así lo he soñado, cosa vuestra. De los míos. Con los que compartí esos aires frescos de una infancia que se me antoja ahora lejana y agotada.
    No hace falta que hable de las aventuras de las que he vuelto a disfrutar esta noche. A golpe de ojos cerrados. No hace falta, de los que fueron protagonistas, pocos, o ninguno me leen y no importan porque sólo cosas como: El tesoro del caserón, la vuelta las viejas, reinos olvidados…; tienen un sentido anclado al pasado de sólo unos cuantos. Lo importante es el vacío al que, esperanzado, creo padecer junto al resto de vosotros.
   En noches como esta veo mis estudios, mis amores, mis viajes y mis pasiones o aficiones, como tan sólo una búsqueda más de lo irreemplazable. Una búsqueda por volver a sentir las frenéticas sensaciones que se sentías cuando eras un niño y estabas con los tuyos.
   La intensidad elevada al más iluso y mágico exponente de nuestras aventuras. Sin las lecciones que nos da la vida, definitivamente, se vive mejor. Se sonríe más, se es mejor. Qué bonito sería volver a olvidar todo cuanto aprendimos, volver a aprehender todo cuanto olvidamos. Ver en el curso del río una aventura intrigante y misteriosa, y no el inoportuno paso del que saldrás mojado y cabreado.
   Y aún más valioso que todo lo dicho hasta ahora: Qué ha sido de los míos. No sólo estamos separados por la distancia. No sólo eso nos ha hecho a veces mutuamente indiferentes. Todos han sufrido este cambio que yo hoy padezco con más presencia. Cada uno ha derivado en una esencia lejana y distante de la base de la que, antes, juntos, todos nosotros partimos.
A veces los veo, quedo con ellos. 
Vamos a un bar o y nos tomamos algo todos juntos. 
Es entonces cuando creo que más los echo de menos.
Porque, si, son ellos, soy yo. 
Pero ya no estamos.

sábado, 6 de diciembre de 2014

AVIONES DE PAPEL


Solía haber una mujer al final de la calle que entre canción y canción se dedicaba a hacer volar aviones de papel. Tocaba la guitarra y utilizaba un ukelele sin cuerdas y obsoleto para pedir dinero. Aprovechaba los momentos en los que estaba rodeada de mucha gente para coger un avión de papel y lanzarlo. Quien lo atrapaba podía sugerir una canción, y si era posible, ella la interpretaba. Ese era el juego, aunque lo importante para Eco nunca había sido aquella mujer, sino aquel avioncito de papel.
Eco trabajaba en Purbeck Road, dos calles más allá, en una familiar tienda de vinilos. Al salir, de camino a casa, siempre pasaba por delante de aquella cantante y su escurridizo avioncito de papel. Llevaba meses intentando atraparlo para así poder sugerir su canción favorita. Cuando llegaba al lugar, solía pensar: «La última vez aterrizó por allí» o «el viento sopla hoy en aquella dirección» para después situarse estratégicamente. Normalmente veía como se posaba dócilmente sobre las manos de cualquier persona que pasaba por allí, y que volvía, como no, a proponer una canción que a él no le gustaba en absoluto.
Un día, mientras salía de la tienda, feliz y decidido por haber conseguido vender un par de vinilos a última hora, se acercó al lugar donde aquella mujer erizaba el vello de quien la escuchaba cantar Stand by me. Estaba a punto de acabar y pronto volvería a lanzar aquel avión. Se sitúo lo mejor que pudo y esperó a que su voz se fuera apagando dulce y lentamente. Al hacerlo, el público, que se había arremolinado alrededor, comenzó a aplaudir, y ella, sutilmente ruborizada, inclinaba la cabeza y sonría de forma tan tímida y generosa, que pareciera que acababa de salir de cantar en la ducha y que por accidente se hallara allí, sin saber muy bien que hacer.
Luego, su rostro volvía a tornarse serio y ceremonioso, cogía el avión de papel y lo lanzaba. Cuando echaba a volar Eco sólo podía seguirlo con la mirada, rogando que cayera cerca. Aquel día lo hizo, pero no en sus manos, quien atrapó el avioncito fue el dueño de la antigua floristería que había enfrente de su tienda de música. Un viejo amigo de la familia que sabía de su obsesión, y que con aquella afrenta de enorgullecerse por haberlo atrapado en sus narices, se había convertido para Eco, y al menos hasta que se le olvidase, en un total desconocido.
Sugirió una canción de Sinatra. Eco lanzó unas monedas en el ukelele y se marchó de allí sin esperar segundas oportunidades.
Al día siguiente Eco cerró la tienda como casi siempre, con exactamente el mismo género con el que la había abierto. Por su tienda solían pasar algunos nostálgicos y muchos curiosos, pero muy pocos con intención de comprar. Aquella tarde había decidido cerrar antes de tiempo y para colmo, había empezado a llover. Como todas las tardes, agudizó el oído a medida que andaba por la calle, intentando escucharla en la distancia. El ruido de la lluvia se lo impidió y en su lugar no pudo evitar acordarse de lo cerca que estuvo el día anterior, y al hacerlo echó un rápido e involuntario vistazo a la floristería que dejaba atrás. Estaba cerrada.
No tardó en toparse con su melódica voz, aceleró el paso y aunque aún había gente en la calle, nadie se había detenido frente a aquella mujer que miraba al cielo cantando una canción que ni él mismo reconocía.
Eco miró alrededor, no había nadie. Era su oportunidad.
            – ¿Una última canción antes de irte? – Sonrió tan bien como pudo al mismo tiempo que se agachaba y dejaba caer unas monedas en el interior del ukelele.
            – Tal vez mañana. Con este tiempo…
            – No me hagas gritar eso de “¡Otra…otra!” – dijo intentando persuadirla.
            – Bueno, dejemos que el avión decida. – Entonces cogió el avioncito de papel y lo lanzó, tan pausadamente como si estuviese allí expectante toda la ciudad. El papel, un poco húmedo y arrugado voló cuanto pudo y cayó de bruces a apenas a unos centímetros – Tal vez otro día – Concluyó aliviada.
No cruzaron más palabras, y aún a pesar de que Eco volviera a casa con una sensación agridulce, no pudo evitar pensar en volver a intentarlo tan pronto como tuviese ocasión.
Al día siguiente, en el descanso para comer, se acercó con un sándwich y se sentó en un banco lo suficientemente lejos como para no estar rodeado de gente, y lo suficientemente cerca como para poder escucharla mientras comía. Desde allí veía, entre canción y canción, como el avión hacía curiosas piruetas en el aire esquivando las manos de los más impulsivos para terminar deteniéndose directamente en las manos de alguien que pasaba por allí; su vuelo resultaba impredecible. Decidió no acercarse aquel día y cuando estaba dispuesto a irse, sucedió: Aquel avión empezó a dar vueltas sobre sí mismo y como si una corriente de aire lo guiara intencionadamente, aterrizó de forma perfecta en sus manos.
La emoción le albergaba, no podía creérselo ni apartar la mirada de aquel papel. Por primera vez podría sugerir una canción, y había ocurrido como ocurren las cosas verdaderamente importantes, sin ir a buscarlas. Suerte, realmente había tenido mucha suerte.
Se acercó hasta ella mientras la muchedumbre se apartaba. Algunos le gritaban una u otra canción esperanzados en que les hiciese caso, pero él ya sabía cual escoger.
            – ¿Preparado para una última canción?– Le preguntó ella.
            – ¡Claro!, llevo esperando esto meses. ¿Podrías tocar Dust in the wind?
            –Por supuesto. Buena elección–  Eco le tendió el avión y se despidió de aquel papel doblado que parecía estar escrito y reciclado. Después, disfrutó de su canción, tan bien interpretada como siempre había imaginado.
Al terminar le volvió a echar unas monedas al ukelele y dándole las gracias se despidió pensando que al día siguiente volvería a intentarlo.
Decidió volver a casa y en el camino, en la fachada, no muy lejos de su hogar, se encontró pegada una esquela que al echar un vistazo advirtió que tenía un nombre familiar. Era el nombre del dueño de la floristería, había recientemente fallecido. Su felicidad se quedó aplastada por aquella esquela y de repente, mientras la leía, todo le empezó a dar vueltas. Arrancó el papel y sobrecogido corrió hasta su casa. Sacó las llaves tan rápido como pudo, subió los dos pisos, entró y fue directo al salón. Dobló la esquela en forma de avión de papel y lo vio,  era idéntico al que atrapara hacía unos minutos. Luego empezó a hacer memoria: No recordaba haber visto a la misma persona atrapar dos veces el avión de papel, se estremeció al recordar los giros tan extraños que hacía el avión y en como el día anterior había aterrizado sobre las manos de su amigo. Por último recordó lo que le dijo aquella mujer «¿Preparado para una última canción?». Nervioso y perturbado se abalanzó sobre el tocadiscos y lo encendió. Colocó un disco y justo cuando dejaba caer la aguja sobre él, sintió como un fuerte dolor le atenazaba su brazo izquierdo. Su mente daba vueltas alrededor del recuerdo de aquel maldito avioncito del que ahora intentaba huir y donde finalmente era él quien se veía atrapado. Después un resuello le hizo llevarse la mano al pecho y se derrumbó asustado y sin aliento.
De fondo se oía una canción, pero él ya no podía escucharla.

jueves, 27 de noviembre de 2014

PASÓ QUE LA MAGIA HA MUERTO, POR INMADURA

   Pasó que el otro día iba yo entrenando por un bosque que hay cerca de casa. Otoño, tierra mojada, hojas de tonos ocres, rojos y amarillos; hojas caídas, el cielo gris, los árboles infinitos. Con una atmósfera peculiar, mágica, me atrevería a decir.

   Pasó que vi allí, sentado en un banco a un adolescente con la mirada perdida. Solo.
   Me detuve y por un momento pensé en que algo debía de estar a punto de suceder. Imaginé, y todo invitaba a hacerlo, en la facilidad con que personas como J.K. Rowling o Carlos Ruiz Zafón habrían utilizado aquel escenario y a aquella persona para hacerla vivir una mágica aventura.
   Las circunstancias eran perfectas. Esperé a ser primer y único espectador de algo mágico, los libros me han enseñado que en momentos como ese, la historia da un revés: aquel joven encuentra algo inesperadamente, o va a su encuentro algún misterioso personaje que provoca, a partir de entonces, que su vida esté repleta de aventuras. Esperé.
   Pasó que aquel joven se levantó y se fue. Cabizbajo y solo.
   Seguramente se fue a casa. A leer.
   Pasó que no pasó nada.

   ¡Qué mundo este, tan insípido y triste!
   ¡Qué disparate de vida esta tan vacía y deprimida!

   Volví a casa con ganas de escribir la historia que le correspondía a aquel protagonista. Algún día lo haría. Prometí que lo haría, pero todavía no ha llegado el día, aún me estoy recuperando de ser consciente de tanta mentira.



viernes, 26 de septiembre de 2014

PERROS DE TIZA. Capítulo 9: ¿Qué pasa si pierdes?

           Su adolescencia pasaba como la de casi todos, rápida y desordenada. Los fines de semana sirviendo en el bar, las mañanas en el instituto y las tardes en casa o con el Arremangado. Con el tiempo se aficionó a la lectura de libros normalmente prestados por aquel singular mendigo. Se sumergía en las historias que en ellos se contaban y prefería hacerlo con el sonido de la armónica y la compañía de quien paradójicamente no usaba en demasía las palabras. Sus silencios, a veces adornados por notas musicales, mantenían a raya a los turistas o vecinos cargados de charlas banales que se marchaban tan pronto percibían el grado de abstracción de aquella pareja. Uno leyendo, otro tocando. Ambos sosteniendo aquella vieja catedral sobre los hombros.
            No llegó a la docena de libros leídos cuando Iván empezó a escribir sus primeras frases; y si bien ya había hecho sus primeros pinitos sobre las losas del Arremangado –años atrás– ahora construía frases verdaderamente profundas, algunas incluso rivalizaban con las de su compañero de calle. Éste fue, por otro lado, el justo detonante por el que empezaron a volver a desafiarse al juicio de los viandantes. Normalmente, por muy astuto, atrevido o ingenioso que se prestara a escribir Iván, el perro viejo siempre solía recaudar más dinero con sus frases bien aderezadas. Así pues comenzó una conversación que acabaría en el reto más importante al que Iván tuviera que enfrentarse.
            –Creo que la gente ha empezado a diferenciar tu letra de la mía, y por supuesto, todos quieren granjearse el favor de quien toca la armónica, no de quien está aquí sentado viéndolas venir– Se quejaba Iván tras hacer un último recuento y volver a comprobar que había perdido. El Arremangado no dijo nada, sólo se limitó a encogerse de hombros y seguir tocando.
            –Al menos, hoy han sido más generosos que otros días. Tendrás una excusa para celebrarlo con tu amiga– Señalaba cómplice a la librería de en frente donde sabía de buena mano la atracción que la dueña provocaba sobre el mendigo. Por su parte, éste último, cabeceaba, negando cualquier parecido con la realidad. –Por cierto, nunca te lo he preguntado. ¿No tienes miedo de que un día dejen de echarte monedas?– Iván, tras formular la pregunta se echó sobre el muro, y se refugió cuanto pudo en su chaqueta. Refrescaba y sabía de sobra, que en cuestión de palabras, el Arremangado era prudente hasta la saciedad.
            Al rato contestó:
            – No, no es miedo. Confío en la generosidad, o más bien en el toma y daca que hay entre nosotros– señaló a la gente que pasaba por la calle– Es cuestión de música. Yo uso la armónica y ellos, a falta de triángulo, el tintineo de sus monedas. –Iván reía su particular forma de ver las cosas e imaginaba la cara que pondría si alguien, en lugar de lanzar unos céntimos, le acompañase con un triángulo.
            –Y tú, Iván, dime, ¿a qué tienes miedo?– Sin esperar una respuesta siguió con su toma y daca callejero empujando a su instrumento en una improvisación más.
            Eran pocas las veces en las que Iván tenía la oportunidad de impresionar a quien tanto admiraba y tanto tenía miedo de envidiar, así que pensó, y aun pudiendo escoger por una respuesta elaborada, decidió ser sincero y obvio.
            –Si a algo tengo miedo es a hacer el ridículo delante de mucha gente.
            –Pues estás en el sitio equivocado– Advirtió el mendigo sorprendido.
            –Aquí en realidad me siento cómodo. Pasamos más desapercibidos de lo que nunca creí, y aunque a veces nos rodeen docenas de personas tocando el triángulo, no nos miran juzgándonos. Diría que esperan poco o nada de nosotros, o al menos de mí.
            –Temes decepcionarlos.
            –Temo, simplemente hacer el ridículo– Se había metido en un embolado, pues el Arremangado se mostraba curioso en algo que a él le costaba expresar. – y para hacer el ridículo, antes tienen que esperar algo de ti, para que luego tú frustres sus expectativas, ridiculizándote.
            –Te reto– Respondió el mendigo sonriendo peligrosamente.
            –Miedo me das…
            –Te iré a visitar y pasaré toda una tarde en el bar donde me dijiste que fuera, si esta vez consigues recaudar más dinero que yo– Interrumpió el Arremangado, ansioso por empezar.
            –Y te declararás a la librera– Contraatacó Iván
            –Hecho
            –En verso
            –De acuerdo
            –Escrito por ti y recitado a pleno pulmón
            –…no se hable más– y tendió una mano, esta vez menos convencido. Después ambos empezaron a escribir en una losa, mirándose con recelo. Esta vez Iván, intentando imitar la horrible caligrafía de su contrincante. Las colocaron con un cesto delante de las respectivas frases y esperaron. Y mientras esperaban, Iván cayó en la cuenta de no haber preguntado cuál sería su parte del trato.
            Huelga decir que Iván perdió y su castigo, que bien se lo guardaba el Arremangado, lo desvelaría al día siguiente. «Con pelos y señales» prometió explicárselo; y no sólo pelos y señales tenía, sino también normas y bases escritas en un papel que parecía haber sido arrancado de algún sitio. Eran las bases de un concurso de literatura en el que Iván tendría que participar. Un concurso de cuentos infantiles que, literalmente exponía: «El ganador deberá de leer sus cuentos en el teatro municipal, al que se invitarán a niños y niñas de la ciudad…El premio será la edición de un libro infantil…». Iván palideció y aunque aferró todas sus esperanzas en no ganar aquel estúpido concurso, una parte de él fantaseaba con la posibilidad de hacerlo, así que aferrado a su orgullo y esa minúscula esperanza, escribió lo mejor que pudo y ocultó en él un mensaje que por todos ya es sabido.
            Ganó, pasó la vergüenza de su vida y con casi la mayoría de edad, vio su libro en los estantes de la librería que el Arremangado se obstinaba a visitar a diario. Tardó en contarle al mendigo cual había sido su plan. Si bien el paso del tiempo había hecho sucumbir las esperanzas de encontrarse con quien quiera que escribiese en aquel muro, también lo había convertido, por su imposibilidad, en algo utópico e idealizado. Le atribuyó a aquellas pictóricas conversaciones la fuente de donde naciera el coraje con el que combatió aquellos momentos oscuros de su infancia a los que, ya por fortuna, poco hacía por recordar.
            El Arremangado le sonrío la estrategia, y aunque a veces fuera él quien le bromeara con pullas del estilo: «Buscas que un día llegue al bar una chica linda buscándote, y puede que te lleves una sorpresa. Imagina a un chico de tu edad –de lento ingenio y comida rápida por norma– entrando en el bar, buscando a la desesperada a la misma chica que tu imaginas», al igual que Iván, siempre sostuvo el mismo deseo idealizado de aquel encuentro. Y cuando Iván se veía arrinconado entre tantas dudas, siempre apelaba a su imaginación, es decir a la imagen que había ido puliendo día tras día de la otra persona.
            Después de haber compartido aquel mensaje secreto con el Arremangado comenzaron de nuevo las conversaciones en las que ambos tejían un plan de actuación elaborado –y a veces hasta cómico– sobre que debería de hacer para encontrarse con esa enigmática persona, y en una de esas conversaciones surgió la idea de diseñar e incorporar un juego de mesa a la variedad de juegos tradicionales que ya se usaban en Mediodía. Luego vendría la tarea de convencer y organizar un evento, al menos mensual, relacionado con el juego, e imprimir en él las mismas siglas que ya pusiera en el muro y en el libro de cuentos. Finalmente, acordaron que el Arremangado se encargaría de preguntar regularmente a la librera sobre quienes habían comprado el libro –cosa que pactó con sumo placer– y así, de esa forma, tramaron toda una red capaz de atrapar la más ambigua de sus ilusiones.
            El resto de la historia con respecto a lo que nos concierne ya es bien sabido. Aunque habría que mencionar el trato decepcionante que tanto castigó la ilusión de un encuentro. Transcurrieron varios años, y si bien, el juego de Gatos de tiza había triunfado en su variante más banal, Iván no encontró a la persona con la que compartiese tan intrincada aventura. O eso creyó hasta el último momento.
Antes que él, fue el Arremangado quien vio por primera vez a Daniela. Ojeaba un ejemplar tras una estantería, aunque realmente donde tenía el ojo echado era en el mostrador, donde los rizos castaños de la librera daban la bienvenida a los últimos clientes de la mañana. Quedaba poco para que cerrara y justo cuando el Arremangado se marchaba –otra vez– con la mente repleta de supuestos soliloquios donde confesaba un amor platónico, entró Daniela. Iba con prisas, pidió el libro de Iván, y al hacerlo, el mendigo se fijó en ella. Tenía un aspecto emocionado y distraído, resoplaba aliviada cuando vio que aún quedaba un ejemplar, y si bien ella nunca vio al Arremangado, él sólo la describiría después, diciendo: «Tenía los ojos demasiado azules»
            En aquel tiempo Iván se veía ajustado por una economía familiar cada vez más exigua, y aunque prácticamente todo lo que ganara sirviendo lo daba a su familia, la situación era cada vez más crítica. Agobiados siempre por el pago de un piso en el que vivían y otro en el que nunca volvieron a sobrevivir. Por esas y otras razones más propias de la madurez de su juventud, Iván llevaba largo tiempo pensando en viajar a la gran ciudad y probar suerte allí. Al menos –y con ello apaciguaba su conciencia– ahorraría a su madre y tía un plato de comida que poner todos los días, y en la medida que le fuera posible, se prometió seguiría enviando dinero a casa.
            Con la decisión tomada, decidió marcharse lo antes posible, y solo se concedió esperar hasta el siguiente día treinta para llevarlo a cabo, pues en el fondo, y después de tantos años, había conservado aquella idea infantil de un reencuentro que diese sentido a su espera. Prueba de ello era el que siempre que un desconocido venía por primera vez preguntando por Gatos de tiza, Iván mostraba el dibujo y preguntaba –igual de ilusionado que lo estuviera cuando dibujara la primera línea– aquello de: «¿Habías visto esto alguna vez?».
            Tuvo que ser la última vez, la gota que ya, después de colmado el vaso, cayera fuera del mismo y salpicara de un azar inesperado –y por otro lado, esperado hasta la saciedad– a los dos. Daniela negó con la cabeza y de esa forma se sacudió aquel azar, dejándolo huérfano de un primer encuentro cargado de nostalgia.
            Negó, y lo hizo por recrearse en el secreto que tanto había guardado, y que no estaba dispuesta a compartir con el primer desconocido que se encontrara. Fue de esa forma como acabó su breve e ignorado encuentro, apenas sin que ella lo mirara y él con los ojos puestos en la gran ciudad. No se reconocieron pues nunca se conocieron.
            Poco después de aquello, Iván se despidió emocionado de su madre y tía e intentó hacer lo mismo con el Arremangado, pero éste no quería saber nada de despedidas y sin decir palabra, aguardó a que Iván desapareciera para dejar de tocar y echar la vista al suelo. Volvía a estar solo, y empezaba a sentir aquella sensación demasiado familiar. Tan profunda que desde entonces, ni su música sería siempre grata compañía.  

            Iván se marchó y si bien sus últimos pensamientos querían alejarse de aquel muro, de repente recordó haberse olvidado algo relacionado con todo aquello: No había terminado de explicar el juego a la última persona que preguntara por él. No le había explicado qué ocurría si no aciertas. «Si pierdes, si nunca aciertas, si nunca crees que lo harás, sólo queda enfrentarte a todos tus errores con una melodía en los labios y bien arremangado, para que la vida no te salpique» Pensó Iván.






lunes, 15 de julio de 2013

IMAGINA


   Al otro lado del espigón la luz de las primeras llamas se tragaba la oscuridad de la noche. A estas alturas la flota del señor de la isla de Beëila estaría contraatacando las más de dos docenas de galeras que se acercaban por la costa occidental. Seguramente ya hubiesen empezado a defenderse catapultando barriles de brea y flechas envueltas en fuego desde lo alto del adarve del castillo.

    La luz y el sonido del crepitar de las llamas le hacían suponer al contramaestre que más de un palo mayor estaría ardiendo, jarcias incluidas. Sólo esperaba que los capitanes al mando hubiesen sido lo suficientemente inteligentes como para plegar las velas y sacar los remos al acercarse a la costa. Aún no se escuchaba el choque del acero, y eso era una buena señal, significaba que la batalla aún no se había llevado a tierra firme, y que todavía estaban a tiempo de sorprender a la guarnición del castillo por su retaguardia.

   - ¡Señor, Marina está anclada, esperamos órdenes! – Quién informaba era Taburete, un soldado en el que se podía confiar, estaba al mando del resto de los suyos y todo el mundo lo llamaba así porque se decía de él que fue capaz de dejar fuera de combate a dos hombres armados de acero, con la pata de un taburete. Desde entonces, llevaba la corta pata atada al cinto, mostrándola, para que a nadie se le olvidara lo diestro que podía llegar a ser.

   - Ordena sacad los botes y remos, cargadlos con candiles y armas, y dejad a seis hombres a bordo – A pesar de que necesitaría todos los hombres posibles, el contramaestre no podía permitirse abandonar la salvaguarda que suponía su bergantín.

   Bajaron en los botes al agua. Tras los afilados espigones que circundaban esa cara de la isla reposaba la paz que faltaba al otro lado. El cielo estrellado y sin luna se reflejaba en las aguas, ahora más tranquilas. Se podía escuchar en la lejanía una melodía hecha con girones de viento, y el ruido del fuego y gritos angustiados de hombres empujados a la batalla, como contrapunto.

   Los hombres remaban en seis botes dispuestos en una hilera de dos, encabezados por los gobernados por el contramaestre y Taburete. Poco a poco iban adentrándose entre un mar de  rocas salientes que dibujaban un, cada vez más hermético laberinto de pizarras y corrientes de agua. Detrás dejaban a Marina y seis hombres a bordo. Las velas del bergantín, la mayoría recogidas, estaban tintadas de un azul marino que, si difícilmente se veía desde la perspectiva de los hombres que se alejaban, menos aún se verían desde un punto más alto, pues se confundían con el agua. El barco y los hombres perfectos para desenfundar el acero antes de que nadie los viera. Entrar y hacerse con el control de la puerta oeste de la fortaleza, esa era la misión.

   Taburete empezó a contar la historia de aquella melodía que el viento se encargaba de fabricar allá arriba, en las entrañas del castillo:

   - Dicen que los Beëilisianos se encontraron bestias reptiles, tan grandes como caballos, cuando llegaron hace siglos a esta isla – Susurraba con tono amenazador lo suficientemente alto como para que todos pudieran escucharlo, y temerlo – Sus espadas dieron caza a casi todos, a los que no mataron, los domesticaron. A todos excepto a uno, a una mole de escamas tan grande y feroz que arrancaría el mástil de una galera de un solo bocado. – Esbozaba una sonrisa pícara, pues sabía que más de un soldado se removía ya inquieto en su asiento. El pobre Pot, un soldado joven y de noble cuna odiaba tener que lidiar con las historias de Taburete, aún así le reconfortaría tenerlo cerca durante la batalla. Taburete siguió contando: - A esa criatura no consiguieron matarla, pues sus escamas eran tan duras como el diamante, y no había lanza que pudiera atravesarlas. Así que le tendieron una trampa y la capturaron, desde entonces la tienen encerrada bajo los cimientos del castillo, cuyos muros le sirven de cárcel. Allí, adormilada respira creando esa melodía que escucháis, y por eso los mercaderes llaman a esta isla, la isla que canta. – Sonrió burlonamente – Aunque más bien deberían llamarla la isla que respira.

   El contramaestre sabía que toda esa historia era solo habladurías de ancianas y bardos. La melodía que el viento forjaba era producto de un millar de agujeros que tenía la pared este del castillo, laminados en bronce, de tal forma que el viento, al pasar por las oquedades de la piedra componía una particular melodía. Siendo distinta cuando las rachas de viento anunciaban una tormenta. Los antiguos utilizaron esa estrategia para que el pueblo supiera cuan cerca estaba el mal tiempo, pues en ese pequeño rincón del mundo, las tormentas eran frecuentes. Fuera como fuese, los Beëilisianos consideraban el silencio un mal augurio, y él, estaba dispuesto a utilizar eso a su favor.

   El discurrir del agua salada se estrechaba, los seis botes avanzaban ahora entre dos moles de pizarra de varios cientos de metros de altura. Tras las rocas de la derecha dejaban su billete de vuelta, el bergantín; tras las rocas de la izquierda, el campo de batalla, aquello que les daría una vuelta repleto de honores e historias que contar.

   Según las indicaciones del contrabandista al que apresaron, la escalinata por la que podrían acceder a la isla debería de estar muy cerca, así que remaban ojo avizor e intentando ser tan silenciosos como un mal augurio.

   Cuando estaban a punto de encender los candiles, el contramaestre atisbó un saliente a babor y ordenó que detuvieran el avance con el puño en alto. Los soldados mantuvieron los remos en el agua para darle estabilidad a los botes mientras taburete saltaba al pequeño saliente y echaba un vistazo. Desde su perspectiva la escalinata era tan empinada que parecía llegar al mismísimo cielo. Justo como había descrito el contrabandista. “Alguien se acaba de ganar la libertad” Pensó taburete.

   Amarraron los botes y comenzaron a subir. Si había alguien que no sonreía mientras ascendían por la escalinata, ese era Pot, a él le hubiese gustado ser uno de los seis elegidos para quedarse en el barco, allí donde el silencio era una compañía agradable, y no iba de la mano de ningún acero. Aunque si quería ganarse el respeto de los vasallos de su padre cuando volviera al reino, más le valía traer su armadura llena de abolladuras y sangre ajena.

   Fue una ascensión interminable. La superficie estaba húmeda y exigía ser lo más escrupuloso posible a la hora de decidir donde pisar. Escalaban en una hilera de a uno, el contramaestre a la cabeza.
   Cuando consiguieron ascender se encontraron envueltos en un pequeño bosque de pinos soldado. El suelo estaba lleno de hojas de aguja y piñas. La puerta del castillo se alzaba a menos de una legua al oeste, así que se pusieron en marcha.

  Avanzaban silenciosos, por entre los árboles, dejando el camino a su derecha, visible y sin ninguna patrulla que custodiara ese lado de la isla. Cuando atisbaron la pared de sílex y granito del castillo se detuvieron.
   - Esperad – Ordenó el contramaestre – Mirad allí, ¡maldita sea! Acaba de salir una avanzadilla. – Una docena de hombres se dejaba ver, la poca luz de la noche se reflejaba en sus cotas de malla. Un hombre ordenaba al resto a dividirse e inspeccionar los bosques circundantes. “Alguien se ha ido de la lengua” pensó el contramaestre.

   - ¿Atacamos, mi señor? – Preguntó Taburete inquieto.
   Ellos eran más, pero si salían al camino y se dejaban ver, darían la voz de alarma. Mientras pensaba en qué decisión tomar escuchó una orden que hizo que sus miedos se alzaran en armas.
   - ¡Llevad a la bestia con vosotros! – De entre las sombras, aparecieron tres hombres que arrastraban a un lagarto tan grande como un caballo adulto, aunque no llegaba a tener su estatura, sus patas eran fuertes, su cola se movía nerviosa ora arriba ora abajo, y lanzaba dentelladas a los soldados que lo llevaban amarrado del cuello con un listón de acero. Ellos y dos hombres a caballo se dirigían hacia su escondite entre los pinos.
   - Orden, mi señor – susurró Taburete mientras se acercaban - ¡Orden, mi señor! – Gritó taburete cuando los tenían casi encima – Ahí vienen… - dijo ahogado, echándose la mano a la pata de taburete.
  - ¡Responda! – La voz que sonaba era otra, incluso el lugar era otro - ¡Responda señorito Iván! ¿Sabe acaso de que hemos estado hablando durante toda la clase? – Quien le preguntaba era el profesor de filosofía, llevaba un libro en las manos y lo observaba fijamente. De repente se dio cuenta de que todos lo miraban, y de que ya no estaba en la isla de Beëila.
   - Dígame, ¿sabría decir de qué han tratado los últimos cuarenta y cinco minutos?, ¡Oh, claro que no! – Dijo sin dejarle tiempo para responder – Ha vuelto a quedarse pasmado, ensimismado pensando en dios sabe qué.
   Estaba avergonzado, escuchaba a algún compañero aguantarse la risa a sus espaldas, pero no supo que decir, sólo agachó la mirada.
   - ¡Silencio! – Esta vez se dirigió a toda la clase – A ver, Daniel, díganos usted que acabo de explicar.
   Daniel, al otro lado de la clase, se levantó erguido y comenzó a recitar:
   - Hemos estado hablando sobre el concepto de la imaginación y la opinión que tienen al respecto distintos autores.
   - Muy bien, puedes sentarte. – Luego prosiguió con la clase – Para Kant había dos tipos de imaginación…
 
   Iván, avergonzado, volvió a zafarse de la realidad con tan solo una pregunta en su interior, una pregunta que seguro que si la formulaba, ni Daniel, ni el profesor, ni el mismísimo Kant sabrían responderle: “¿Qué habría ocurrido con el contramaestre, Taburete, Pot y el resto de soldados?”