Todo estaba lleno de
cajas de zapatos, apiladas en estanterías desde a ras del suelo hasta a ras
del... “¿cielo?” dije leyendo una pintada en el techo.
- Así es Iván. Tu abuelo era zapatero, y ordenaba sus
creaciones desde las más burdas y toscas, aquí abajo – Dio una patadita a una
de las cajas que estaba a ras del suelo. – Hasta las más increíbles obras de su
particular arte, ahí arriba. Decía que esas eran las que estaban más cerca de
poder ser calzadas en el mismísimo cielo. – Suspiró – Tu abuelo era un
idealista de la cabeza a los zapatos. Bueno, continuemos, sígueme y no toques
nada.
Allí abajo había poca luz y olía a una
mezcla de madera húmeda y libros viejos. De la pequeña sala a la que daban las
escaleras, se proyectaba un pasillo, tan estrecho que dos personas no habrían
podido pasar a la vez. En el otro extremo había una puerta metálica que parecía
bien rematada y sólida.
Rodri se acercó, ser hurgó entre los
bolsillos de la chaqueta de su frac sacó una pequeña llave, se agachó y abrió
una cerradura que había a menos de un palmo del suelo.
- Tu abuelo dejó una nota cuando se marchó, decía: “en mi
chiste está la llave que abren mis zapatos”. Tu padre creyó que era una de sus
idas de cabeza, pero yo sabía que había algo detrás de esas palabras, así que
le di la vuelta a la nota y no... detrás no había nada. – Puso un gesto de
decepción y siguió diciendo: - Claro que mi curiosidad no se quedó ahí. Con
respecto a lo del chiste, tu abuelo se refería a aquella broma que la gente
utilizaba para burlarse de él, se referían siempre a un par de zapatos que hizo
estando ebrio: dos piezas del pie izquierdo – Luego señaló al suelo
con gesto orgulloso. Tenía dos zapatos izquierdos, no me había fijado, pero
ahora ya sabía porque parecía andar como un pato.
- Así que encontraste la llave en la caja de zapatos a
los que se referían, ¿verdad? – pregunté ansioso
- Efectivamente. Averiguar eso sólo me llevó un par de
años.- Hubo un silencio. Si por allí hubiese habido el viento necesario,
habríamos visto una de esas plantas rodadoras del desierto cruzar entre
nosotros. – Luego quedaba la otra parte del acertijo que nos dejó. Tenía que
averiguar cómo abrir la puerta con los zapatos, y eso fue difícil, lo intenté
todo: cogerla con ambos zapatos, atarla a uno de ellos e intentar girar...
nada, no funcionaba. Hasta que un día, al caerse la llave y agacharme a
recogerla vi esto – Señaló el ojo de la cerradura que había abajo. – Creí que
era una grieta, ¡pero no!, la llave encajó a la perfección, me costó un poco
girarla con los pies, pero al final lo conseguí.
- ¿No habría sido más fácil hacerlo con las manos como
hiciste ahora?
- Si, mi querido sobrino, yo también esperaba encontrarme
los mejores zapatos del mundo dentro... – Siguió diciendo ignorándome casi por
completo. – Pero, otra vez, estaba equivocado. Mira Iván, atento a esta
habitación. – Tío Rodri abrió la puerta
Dentro había una sala del tamaño del salón.
La parte izquierda estaba plagada de libros, todos aparentemente bien
ordenados, a la derecha había una mesa enorme repleta de pergaminos enrollados e instrumentos de música como: una guitarra, un laúd, un violín, una flauta, una armónica y tantos otros. En el centro, sobre el tapiz de una gruesa alfombra escarlata
estaba lo más impresionante de toda la habitación: una bola del mundo enorme
que giraba sobre sí misma. La superficie de la bola del mundo estaba hecha de
chapa, tallada en relieve y al parecer no estaba sujeta por ningún lado,
simplemente flotaba en medio de la sala. El techo era más alto y todo estaba
iluminado con una fila de esos antiguos candiles de aceite.
- ¿Te gusta? – Preguntó Rodri. Asentí
admirado. – Pues aún no has visto nada mi querido Iván. Lo importante de todo
esto no es su envoltorio, no es lo que puedes ver, sino lo que hay dentro... y
lo que hay, te parecerá tan increíble, que comparado con ello, hasta un
camarero te parecería amargo.
- Querrás decir: un caramelo
- Si, si, ya sé que te estás preguntando el porqué gira sin
soporte alguno – Puso un gesto pensativo y luego dijo: - Si algún día respondes
a esa pregunta, por favor, compártela conmigo. Sea como sea, nunca pises esa
alfombra ni toques el globo. Es peligroso.
- Vale tío.
- Ahora te quiero contar lo más importante, pronto
bajarán tus padres y... eso me recuerda algo. – Anduvo hacia la puerta como un pato
lo habría hecho, y la cerró como un caco la hubiese cerrado, mirando a todos
lados e intentando no hacer ruido. – Podemos seguir, como iba diciendo, lo más
importante es entender que hacía todo esto aquí. Tampoco lo sé, no voy a
andarme por las ramas. Pero si que sé algo, sé lo que llegó a saber tu abuelo
antes de que dejáramos de saber de él. Todo un poco redundante, lo sé. – Me
hizo un gesto mientras se dirigía a la parte de la biblioteca y lo seguí. –
Iván, tu abuelo dejó una serie de notas en un diario que encontré en la caja de
estos zapatos. Allí hablaba sobre un cambio a en todo el mundo, describía como
en los últimos años, la humanidad había entrado en un proceso de aceleración.
Había empezado a crear a un ritmo insostenible y sus creaciones así como sus corrientes artísticas nacían y
morían tan rápido como nunca antes lo habían hecho. La comunicación, los
valores, las creencias, la fe, el arte... todo estaba acelerándose en este
mundo. – Me contaba todo eso mientras andorreaba de libro en libro de las estanterías.
– Incluso describía como el mismísimo tiempo estaba yendo más rápido. Claro,
que eso último no podía comprobarse de ninguna forma, si el tiempo estuviese
acelerado, lo estaría para todos y no habría nada con que comparar dicho
proceso. Aún así, lo deja bien claro en sus notas.
- Pero... ¿Qué me quieres decir con todo eso? – Con tanta
aceleración, hasta mi paciencia se había marchado ya.
- ¡Claro!, es verdad... se me olvidaba lo más importante.
Nuestro abuelo creía que este proceso ya había ocurrido antes, y siempre que lo
ha hecho ha culminado con la desaparición de toda una civilización. Los
científicos achacaban ese hallazgo a catástrofes naturales. – Hizo un gesto de
desdén. – Pero nada de eso... según mi teoría se debe a una especie de caída libre.
Subimos y subimos y cuando ya no podemos más... – Cogió un libro de la
estantería, lo alzó, y lo dejó caer –... Nos caemos. Tu abuelo no lo llamaba
catástrofe, lo llamaba cambio, un cambio que decía que siempre ha aparecido en
este mundo a la par que otra cosa.
- ¡¿Cuál!?
- La misma que hizo que empezara a girar esa bola del
mundo hace unos días, la misma que siempre adorna el interior de una chistera, lo que ha hecho que ya no esté seguro viviendo aquí, la
génesis de todas las génesis, lo único que hay bajo el envoltorio: la magia.

