Los vi llegar
trajeron preguntas de las que decían ser los dueños
señalaban siempre atrás
maltrataron el lenguaje
vendieron viento a precio de suspiros
vestían prepotencia, corbata y traje
pedían comida saciados
eran rebaño sin pastores
presos sin cadenas
nichos sin flores
Los vi venir
nos convencieron de lo enfermiza
que podía llegar a ser la orilla
Tan fácil fue que lo hicieran
que lo que nunca vi venir
es que ellos
ya vivían aquí,
en ti y en mí.
viernes, 22 de abril de 2016
domingo, 28 de febrero de 2016
VIDA IMPERTINENTE
Es
impertinente, la vida, como la niña que en lugar de alzar la mano, alza la voz
y pregunta sin conceder un respiro a su interlocutor. ¡Ay la vida! yo la
imagino, también, frustrada ante la confusión de algunos, que enzarzados en
diatribas nimias, afanados en discutirla, acaban por perderla sin llegar a
comprenderla. También la imagino embarcada en viajes caprichosos, donde el
guía, ruborizado por su impertinencia, se dedique a reivindicar su voto de
silencio y así consiga despistarla, apartarla de una imagen clara de un
destino, o una hora de llegada.
La
imagino, a veces, débil y moribunda, ajena a su propia naturaleza, sin ánimo
para su impertinencia. Niego con la cabeza. “Imposible”, me digo. Es entonces
cuando la vida se me antoja una atleta de fondo que avanza sin descanso, abarcando
todas direcciones, en ambos sentidos (hacia fuera, y hacia dentro),
impulsándose en los vivos, iluminándolos y despegándose de ellos para seguir
saltando, a la carrera. De vivo en vivo, con un reguero de felices y saciados
muertos tras su estela.
¡Qué
impertinente es la vida!
A veces
me acosa la vida y me obliga a lanzar el grito a mis dedos, resultando
discursos como estos: «Desde el primer momento en que admita que mi vida
empieza a carecer de sentido, empieza a oxidarse, como una fruta mordida, y a
tomar el color que le corresponde por definición: el de una mierda (me niego a
utilizar otro término más literario); Será entonces, si así lo reconozco,
cuando me vea en la tesitura de tener que decidir si unirme a la costumbre
popular de aceptarla como inevitable e incluso exponerla, orgulloso de la
misma, presumiendo haberlo admitido, o, por otro lado, decida arrinconarla, pisotearla
con alegría, admitir mi derrota y, si el dicho lleva razón, tener algo de
suerte durante el tiempo que me reste».
También
la imagino lluvia. Prescindible es el vivo, imprescindible la vida: Eterna. La
imagino bella, la puedo concebir en el dedal de mi abuela, dentro de una cajita
de música, enterrada bajo la cabaña que construyen unos chavales un día de
viento, deslizándose por las curvas de una mujer ajena a su tiempo, olvidada en
la chistera de un mago, tañendo las campanas al vuelo, en el atardecer de tu
mirada, en el fondo de un paragüero, sujeta con pinzas a las esquinas de una
viñeta de cómic, de resaca entre tus piernas, puesta hasta arriba en una guerra
de egos, durmiendo entre fronteras, rimando en el poema “Parecen prohibidos los
te quiero-s”, congelada en el pulgar de un autoestopista, se desliza por la
barra del parque de bomberos, avisa, late, alza el vuelo, viene lenta, se va
deprisa… ¡ay la vida!
Como
usted, señor Manrique, la recuerdo haber visto discurrir por la tierra ahondando
en ella, formando cicatriz. La vi flotando en el río, la vi en la mar, la vi ahogada
en un sirio sin mamá.
¡Qué
impertinente es la vida!
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Vida impertinente
miércoles, 4 de noviembre de 2015
DENTRO
![]() |
| Imagen original de Elifkaracok |
Tocaron
a la puerta.
Daniela
siempre se sentía ansiosa cuando alguien tocaba a la puerta, sufría la
necesidad imperiosa de abrir al instante y lanzarse al otro lado,
desobedeciendo así la última orden que le había dado su madre. Después,
inevitablemente, se sentía culpable por el mero hecho de pensar en aprovechar
la excusa perfecta para salir de casa. Sabía que le empezarían a sudar las
manos y a secarse su garganta, así que, con un movimiento mecánico, sacó la
botella de agua que siempre llevaba consigo en una pequeña riñonera, junto a la
medicación escrupulosamente dividida, y bebió un largo trago. Tras ello agitó las
manos haciendo violentos aspavientos y después se dirigió al pasillo.
Volvieron
a estrellarse los nudillos en la madera de la puerta de su casa.
Daniela
se dio la vuelta bruscamente, se había percatado que había acelerado sus pasos
y de seguir así, no podría evitar salir por la puerta cuando la abriese. Tenía
que evitarlo, habría hecho cualquier cosa menos desobedecer la última orden de
su madre. Pasó entonces sus manos por el papel pintado de las paredes del
pasillo, su tacto le tranquilizaba, aunque esta vez no funcionó como esperaba:
recordó que justo hace unos días, había olvidado almorzar y tomarse la
medicación correspondiente por haberse obstinado en contar todas las estrías
que recorrían el papel, viejo y arrugado, de la pared de su dormitorio. Al
principio lo creyó tarea fácil, pero luego, en su mente, el número de estrías
pasaban a diferenciarse entre las más delgadas y las más gruesas, las rectas y
las irregulares y finalmente, solapando las anteriores clasificaciones, entre
aquellas que se marcaban individuales, y aquellas que después se unían a una
más grande, como si del afluente de un río se tratase. «Como el afluente de un
río», recordó maravillada la comparación.
Casi
había olvidado que había alguien al otro lado de la puerta cuando volvió a
llamar por tercera vez, en esta ocasión sonó el timbre.
Un
ramalazo de miedo recorrió la espina dorsal de Daniela. Se apresuró a andar
hacia la puerta sin separar una de sus manos de la irregular pared del pasillo.
Estaba justo al lado de la puerta de madera, podía oler el aroma ocre y amargo
de quien había al otro lado, su sudor se mezclaba con el aroma del café y el
resto de alimentos que ella misma había encargado hacía unas horas. Sabía quién
era y sabía que tenía que hacer. Lo que le preocupaba era evitar lo que no
debía de hacer.
El
color y el brillo de las cosas que había al otro lado la embriagaban en sus
sueños, pasaría todo el día asomada a la ventana de no ser porque aquello le
provocaba la terrible necesidad de cruzar la puerta, y eso, a pesar del tiempo
que llevaba sin escuchar la voz de su madre, era totalmente inadmisible. Agitó
su cabeza y centrándose en el olor que llegaba del otro lado, abrió la puerta.
Vio
a un hombre custodiado por dos bolsas de la compra apoyadas en el suelo, se
erguía entorpeciendo el paisaje que protagonizaban las hojas del otoño
alfombrando la calle.
Los
alimentos que desbordaban las dos grandes bolsas serían el entretenimiento de
Daniela cuando ésta cerrara la puerta, pero hasta entonces, y mientras acercaba
el dinero que guardaba en su riñonera al encargado de traerle la compra,
Daniela rezaba por que la cuenta fuera imposible y tardara en devolverle el cambio
el máximo tiempo posible.
La
luz del atardecer se vertía de forma caprichosa sobre cada uno de las ramas
semidesnudas de los árboles de su barrio, el aroma que antes la había
embriagado ahora quedaba enmascarado por el de la tierra mojada y las hojas
secas. Los pájaros cantaban distraídos y aquel hombre empezaba a dilucidar con
exactitud las monedas que le devolvería. Más de media docena de otoños llevaba
Daniela en casa, a la espera. Entonces aquel hombre alargó su fornido brazo
para devolverle lo que era suyo y ella lo odió por hacerlo. Inevitablemente lo
cogió, se lo guardó en la riñonera, asió las bolsas, y respirando hondo y con
los ojos cerrados, se despidió de aquella escena. Después cerró la puerta.
Desconsolada
por la brevedad de su encuentro con todo lo que había dentro de la puerta de su
casa, se prometió volver allí a la tarde. Una vez más golpearía sus nudillos
contra la puerta, llamaría al otro lado con la esperanza de que alguien la
invitase a pasar y por fin pudiese disfrutar de todas las cosas que había allí
dentro, y de las que sólo llegaban a su hogar su tímido reflejo o un vulgar eco.
“No entres a ningún sitio sin antes tocar a la puerta, pedir permiso, y que te
dejen entrar”, recordaba Daniela las palabras de su madre con la espalda
apoyada en la puerta por la que nadie la había invitado a pasar.
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