
Le contó casi todo. Al principio le fue
difícil, no sólo porque hasta entonces no se lo había contado a nadie, sino
también porque llevaba algo más de dos años sin apenas hablar, y al escuchar su
propia voz, le pareció raro, creía que estaba hablando demasiado y se detenía
de tanto en tanto.
Le mencionó que había estado viviendo en una
especie de sótano, subsistiendo con la comida que su familia había almacenado y
entretenido con montones de libros e instrumentos de música. Le contó que había
pensado hasta en quitarse la vida, que no tuvo noción alguna de cuando era de
día y cuando de noche, que tenía que hacer sus necesidades en un agujero que el
mismo excavó, que no sabría si aún quedaba alguien con vida en el exterior y
que dormía en una cama hecha de montones de hojas, mil veces rotas, de libros
desde la Ilíada hasta el Teeteto. Se lo contó todo excepto lo referente a su
tío Rodri, aquel planeta en miniatura que aún hoy estaría girando y aquel
delicado asunto que hacía referencia a que creía saber qué había pasado en el
mundo. Para contar todo eso esperaba a la persona adecuada.
Ron no había levantado la vista del fuego, había
permanecido sentado al otro lado de la hoguera, jugueteando con un fino palo
entre las llamas y con gesto cansado. Sólo su ancho bigote se había movido de
vez en cuando, como quien olfatea el viento. Hasta que rompió su silencio con
un leve: - Es imposible.
Luego levantó la vista y siguió diciendo:
- Entonces, no sabrás lo que es la pulcra ni que ocurrió
desde entonces, ¿verdad?
- No
- Bien, te lo contaré por el camino, tenemos que ir a ver
a alguien que nos dirá que hacer contigo. – Respiró hondo, se atusó el bigote y
comenzó a recoger sus cosas.
- ¿Ahora, de noche? – Preguntó Iván que se había
levantado también
- ¿Te da miedo la oscuridad, hijo? Tenemos que ir cuanto
antes, de noche hay menos vigilancia en el campamento, podrás pasar más
desapercibido. Tenemos que ir a ver a alguien allí, alguien que un día me hablo
de vosotros
- ¿Nosotros?, espera Ron, por qué tendría que esconderme
de nadie, ¿acaso no estamos todos en el mismo bando?
- Hijo, escúchame, ya no hay bandos, ya no queda nadie
con ganas de coger un arma o asir el mástil de una bandera, por lo que yo sé,
ya no hay regiones ni intereses que defender, porque ya no hay nada que ganar,
ni que perder – Escupió a un lado.
- ¿A qué te refieres?
- A la pulcra hijo, a la pulcra, todos moriremos en unos
días, semanas o meses. ¡Todos! - lanzó el palo con el que estaba jugando tan
lejos como pudo
- No puede ser – susurró Iván. – Es imposible... ¿todos
estáis infectados con esa... con la pulcra? es imposible.
- ¡No es imposible, lo imposible es que haya alguien que
no esté manchado! ¡¿Cómo crees que reaccionará la gente del campamento cuando
sepa que habrá uno que sobrevivirá a todos ellos, cuando sepan que hay uno que
si que tiene algo que perder?! – Suspiró y sin quitar sus ojos de los de su
compañero de hoguera dijo: - Iván, llevamos casi un año sabiendo que será el
último, el mismo año que llevamos enterrando a nuestros familiares y amigos, a
todos aquellos que sobrevivieron a una guerra para luego morir a causa de algo
que aún no sabemos que es, y según las pocas noticias que nos llegan del exterior,
está ocurriendo lo mismo en todos aquellos reductos de supervivientes. Incluso
algunos dicen que está ocurriendo lo mismo en todo el mundo. Hijo, nos hemos
rendido, hemos aceptado la muerte y ahora... tememos a la vida. – Tenía los
ojos clavados en él – Eso es precisamente lo que tú representarías en el
campamento si todos supieran la verdad, representarías la vida. Y ya sabes lo
que hace la gente con aquello que teme.
- Pero... – estaba desconcertado, había escuchado aquello como quien abre y
lee un libro de historia por primera vez
- Sé por lo que has pasado, sé que esto puede parecerte raro, pero tienes
que confiar en mí. Vamos, no encontrarás a nadie en este mundo con un trago de
ron en el bolsillo y dispuesto a echarte una mano. Si encontramos una solución,
tal vez, hasta te deje saborear unas gotas.
Recogieron sus cosas y apagaron el fuego,
cuando estaban a punto de montar en la moto, Iván dijo:
- Ron, dijiste que en el campamento la gente sería
peligrosa si se enterase de que no estoy manchado, dime, ¿por qué tú querrías
ayudarme?
- Porque parece ser que soy el único consciente de que
aún está vivo, y de que si algo nos ha enseñado todo esta mierda, es que la
vida es la única herramienta que tenemos para cambiar este podrido mundo. Además,
sacaré algo de todo esto, me lo dice el bigote. – Meneó el bigote y arrancó la
moto. Ambos se pusieron rumbo al campamento.
Desde la parte de atrás de la moto de Ron,
de noche y preocupado de no caerse en uno de los baches que sorteaban o pasaban
por encima, poco podía ver Iván. Aún así creyó saber que se adentraban en la
ciudad. Se preguntaba dónde estaba el campamento si no había logrado verlo
desde lo alto de la colina.
Pararon cerca de varios montones de
escombro, siguieron a pie, pasaron por el umbral donde antes debería haber
habido una puerta y entraron en lo que antes sería un gran salón, ahora sin
techo. En el centro había unas anchas escaleras que descendían bajo tierra.
Iván sintió aquel descenso como una vuelta a
lo que fue su hogar durante los últimos años, aunque este pasadizo era mucho
más ancho, también se le antojaba más frío. Ron le contó que antes aquello era un
parking y que durante el bombardeo, aquella zona subterránea había conectado
con parte del metro de la ciudad. Allí fue donde se refugiaron los primeros
supervivientes y después de que pasara todo, la mayoría acudieron al calor de
aquel lugar.
Ron llevaba razón cuando dijo que apenas
habría vigilancia, si a dos hombres durmiendo cerca de la entrada se les podría
llamar de tal forma. Dentro del campamento la gente se agrupaba en torno a un
pequeño bidón o un montón de piedras donde quedaban aún los restos del último
fuego, la mayoría dormían, aunque el ambiente estaba cargado del susurro de los
pocos que aún despiertos, rezaban o conversaban entre ellos. Sus rostros
estaban demacrados, al abrigo de ropas llenas de parches y arrugas, algunos, exhibiendo
una extrema delgadez y palidez.
Era a pocos a los que Ron saludaba mientras
se adentraban en aquel lugar, y si lo hacía, se limitaba a hacer un gesto con
la cabeza, rara era la vez en que alguien levantaba la vista del suelo o decía
hola. “Hasta las palabras se ha llevado la guerra”, pensó Iván.
El techo del campamento estaba agujereado,
parecía un colador, dejando que se filtrase hasta allí la poca luz de la noche.
Siguieron su camino hasta llegar a un
pequeño rincón custodiado por dos chapas y una columna de piedra que aún se
mantenía en pie. Dentro Ron tenía sus cosas: un par de mantas gruesas, unas
gafas, una pequeña montaña de libros, una guitarra, unas botellas de agua y
otra de combustible, se veía a simple vista. Cogió su mochila, la cargó con
algunos libros, una botella de agua y una manta. Luego cogió la guitarra y le
dijo a Iván que le siguiera. La persona con la que iban a hablar estaba en una
de las bocas de metro con las que conectaba el parking.
Por el camino, Ron fue preparando a Iván. En
unas tres frases, repitió la palabra loco seis veces para describir a la
persona que iban a visitar. Luego fue comentándole algunas anécdotas: - Dicen
que durante lo guerra lo encontraron en medio de la calle pintando un cuadro.
En otra ocasión, logró convencer a unos cuantos ingenuos de que silbando una
melodía en concreto, desaparecería la pulcra. Lo peor no fue que los tuviera
silbando durante tres días, sino que tenían que hacerlo mientras bailaban una
estúpida danza que él mismo se inventó. Cuando se dieron cuenta de que les
estaba tomando el pelo, casi lo matan. Desde entonces ese loco vive alejado del
resto.
Justo
antes de entrar en la boca de metro, uno de los hombres, apoyado en la roca,
levantó la vista y les sorprendió diciendo:
- Charlatán, embustero y escurridizo Ron, ¿dónde crees
que vas con esa maravilla? – Le dijo señalándole la guitarra que llevaba
encima. – Se te olvidan rápidamente las apuestas cuando eres tú el que pierde
¿verdad? – Mientras hablaba, se acercaba a ellos. Su voz parecía salir de una
caverna y era tan grande como un armario.
- ¿¡Encontraste combustible?! ¿Dónde?
- Me dijiste que no habría combustible en todos los alrededores
y aquí lo tienes - Le tendió una garrafa medio llena – Aunque no me preguntes
donde lo encontré, eso no formaba parte del trato, embustero. Llevo buscándote
todo el día, parece que sabías que lo encontraría
- No, sólo es que... – Miró a Iván – Iba a enseñarle unos
acordes al hijo del constructor.
- La guitarra es mía, y lo sabes, ¿o acaso eres un
embustero sin honor?
- Aunque la mayoría de los embusteros vendemos nuestro
honor caro, el mío aún está en venta, y en mi poder. Te daré la guitarra cuando
acabe con él. Hasta entonces, adiós, Sumo – Hizo un aspaviento quitándole
importancia a todo lo que había pasado y se dispuso a irse.
- ¡Ron!, procura que sea antes del amanecer o te buscaré
yo y... estos dos – Alzó los puños apretados.
Cuando ya se habían alejado un poco, Ron le
contó al, aún acongojado, Iván, que no tenía por qué preocuparse, ese era Sumo,
el hombre más grande y estúpido del campamento, pero inofensivo. Lo raro, era
donde habría encontrado combustible, se preguntaba. Luego le contó que le había
hablado del Constructor porque era un obrero que vivía al otro lado del
campamento, del que Sumo había oído hablar de boca de Ron, pero nunca había
llegado a conocer. Menos aún a su nuevo hijo Iván, dijo dándoles unos
golpecitos en la espalda.
Estuvieron andando un rato más, esquivando
cascos rotos y serpenteando una boca de metro que giraba a uno y otro lado.
- Ya hemos llegado – Avisó cuando vieron un montón de adoquines apilados a
un lado de las vías.
Allí tras una montaña de adoquines parecía
que estaban los restos de uno de esos bazares donde los artilugios estaban tan
apilados que era difícil avanzar sin tirar nada al suelo. Había de todo:
alfombras, ropas, figuras de porcelana, jarrones, algunos rotos, candelabros,
libros, muchos libros... Al fondo, en un agujero excavado en la pared del túnel
del metro, había un escritorio bastante cojo de su lado izquierdo, con un
montón de pequeños mecanismos esparcidos a ese lado del suelo, y otros tantos
sobre él. Había tuercas, tornillos, engranajes, arandelas, hilo de cobre,
esferas de cristal e incluso un carrete de pesca. Por último, en el suelo,
sentado alrededor de un mar de hojas y libros abiertos, lleno de hollín y
polvo, con el pelo blanco y desaliñado, enmarcado en una sonrisa infantil y con
un par de engranajes con cristales, por lentes, estaba el tío Rodri.